<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-9100787921220061487</id><updated>2011-08-01T19:14:28.135-07:00</updated><category term='2001'/><category term='Último Reino'/><category term='Novela Que algo quedará'/><category term='2008'/><category term='Semblantes de bestias'/><category term='Novela breve'/><category term='Serial Writer'/><category term='Novela breve. Primera edición agotada.'/><category term='Almirante de sal (novela breve)'/><title type='text'>JORGEGOYENECHE</title><subtitle type='html'>NARRATIVA
HUMOR</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9100787921220061487/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Jorge</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06650587153800926865</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/Sj6fakb-lNI/AAAAAAAAAAY/oaGHzBNHpe0/S220/DSCI0001.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>6</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9100787921220061487.post-3382555414305206647</id><published>2010-09-02T12:58:00.000-07:00</published><updated>2010-09-02T13:18:38.254-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela breve. Primera edición agotada.'/><title type='text'>Toda la delantera en orsái (ed. Último Reino, 2001)</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/TIAC0T8cWWI/AAAAAAAAABY/Ehd6MHo41-c/s1600/Toda+la+delantera.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5512409041631730018" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 258px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/TIAC0T8cWWI/AAAAAAAAABY/Ehd6MHo41-c/s320/Toda+la+delantera.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;TODA LA DELANTERA EN ORSÁI.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:arial;font-size:85%;"&gt;Cuando el mundo tira para abajo&lt;br /&gt;es mejor no estar atado a nada.&lt;br /&gt;Charly García&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:arial;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Quiero&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt; que te hagas una idea clara, si eso es posible por cómo son las cosas y por ser contadas, de lo que está surgiendo y lo que te pasará y tocará vivir, ya que a mí se me acaba el tiempo.&lt;br /&gt;Esta mañana me desperté según el ritual folclórico, abriendo los ojos al mundo exterior, aunque tengo últimamente una vigilia más despierta y despabilada que la de ojos abiertos: mis sueños, en los que incluyo pesadillas junto a las cuales el existencialismo, Gregorio Samsa y los laberintos, espejos y los hombres enmierdados de la última literatura de lo subterráneo, son visión infantil de un parque de diversiones. No porque aparezcan monstruos más horripilantes y de más ojos y cabezas y colas de escorpiones a lo Jerónimo Bosco, sino por los perfiles nítidos, creíbles y reales que los configuran.&lt;br /&gt;A veces, o quizá siempre, lo amedrentante no es lo descabellado sino lo real (invisible para la mayoría momificada). Son más espantosas y apocalípticas Las Meninas que las obras de Stephen King. Ni qué decir del odio y la ira subyacentes y contagiosas de los cuadros de dos moneditas, llenos de árboles que bordean un lago con aguas limpias, flores de arco iris y cielos despejados: si a esto se le incluye un niño pescando desde un puente de madera robusta, no hay corazón ni fibras nerviosas ni esfínteres que soporten el trance.&lt;br /&gt;Una mujer con dos cabezas, antenitas, tres pechos suculentos y traste en la delantera puede -en mi caso y en el de Dalí- resultar simpática, atractiva, misteriosamente sexi. Pero una gorda comiendo chicle y manejando una PC, me llevaría al suicidio. Porque un monstruo venusino puede ser la corporización de una mente enferma o una licencia artística, pero qué decir de la manyachicle computarizada.&lt;br /&gt;A nadie le asustaría ya perderse en un callejón oscuro y toparse con Jack el Destripador, pero ¿si en una plaza se encontrara con un hombre bueno, con un santo? ¿y si lo encontrara en un Banco o en el Ministerio de Justicia? ¿Quién soportaría la magnética presión de su aura, de sus palabras simples, de su mirada franca?&lt;br /&gt;En una zona minada por la radiación de sucesivas explosiones nucleares, el hallazgo de una rana o un yuyito común, serían más incoherentes que la de un cráter de abscesos y ríos de pus.&lt;br /&gt;Me voy a tomar un whisky berreta y a fumar un poco para calmarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continúo. Bajé a la Plaza Moreno a despejarme un poco. No te imaginás, no podés imaginarte la gravedad de lo que vi.&lt;br /&gt;Deambulé un rato por la periferia, lentamente los pasos, las imágenes en cambio en torbellino. Hasta que fui a la fuente -es incontable, intransferible, me sobrecoge el recuerdo-, me instalé en el banco de cemento que está junto a la fuente del otoño. El sol está cayendo y tras los edificios el crepúsculo arranca jirones de oscuridad al resto del cielo azul-negro. Es una bandada de canarios perseguida por un lobo. La gente pasea con sus niños entriciclados, devoran cubanitos y chupetines, son perseguidos por globos de colores lisérgicos. A la hora propicia y consabida se encienden las luces de la fuente y todo lo veo desde el banco a través del agua amarilla por capricho municipal. Una postal viviente llovida de amarillos, de amarillogrises, si podés entenderme.&lt;br /&gt;Y entonces ocurrió: yo estoy al margen y veo la película real y grotesca de gente desconocida pero espantosamente cotidiana: chicos en veloces bicicletas que se persiguen a través de mi cortina de agua gris, de agua amarilla. Es una postal novedosa, recién hecha pero repetida, clonada. Me quedo duro hasta que un niño pasa a mi lado, se detiene ahí cerca, junto a mí, tendrá dos o tres años, y comienza a observas los ladrillos rojos de la catedral vueltos amarillos, las gentes amarillentas, biliosas, el crepúsculo de un amarillo anterior y cercano, repulsivo; me sonríe y se va.&lt;br /&gt;Después sigo, detengo aquí la grabación porque no puedo soportar la imagen de EL color, la visión del agua que me desfigura las caras, los gestos y los caracteres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno... ¿dónde estaba? A veces se me olvidan las cosas más importantes y me acuerdo de pavadas. Pero no termina ahí el asunto porque esos hechos nimios se transforman en gigantes para mí.&lt;br /&gt;No puedo pasar por alto esos acontecimientos "secundarios" o "terciarios", la tremenda crisis energética me tiene sin cuidado pero el hallazgo de una mirada infantil y simple me sobresalta por una semana.&lt;br /&gt;Me ne fregan los viajes interplanetarios. ¡Me ne fregan! Pero cuando por televisión, en esos programas de discusiones sobre cualquier tema, en medio de las burradas que se dicen "normalmente", surge un "anormal" que preconiza una verdad -aunque sea de bolsillo- en lugar de alegrarme y aplaudir la evidencia de lo cierto... ¿qué me pasa, entonces? Estoy tres noches sin dormir. Sin dormir. Y la cabeza me estalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vos me vas a entender, espero.&lt;br /&gt;Conozco mi fama de loquito, de ido. No soy tan tonto como parezco o como a veces simulaba ser.&lt;br /&gt;¿Quién es el loquito en una reunión de amigos en la que se malgasta el tiempo hablando de fútbol, de bebidas, de los problemas que acarrea el placard nuevo, de lo buena que está la publicidad de detergente?&lt;br /&gt;No es, como vos sabrás, no es que pretenda que se hable de teología, filosofía hindú. No, qué va. Pero si hablamos de fútbol coloquemos el diálogo en su escaque correspondiente, no se puede mover el caballo como el alfil, ni viceversa. Me molesta el manoseo: el de los grandes temas es común, pero por otra parte cargar de significados revolucionarios la rotura del espejo retrovisor, convertir una gaseosa en el centro cósmico. No, por favor. Paren, che, que yo me bajo del tren, de esta nave de los locos al revés...&lt;br /&gt;Está gordo el pajarito, decía mi tía por hablar nomás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me molestaba que me miraran los "amigos" entre risitas, como diciendo bueno, sí, pero... o que se codearan en el trabajo cuando yo salía con chifladuras. No. Te repito que no, porque eso hasta me alegraba: veían alguna diferencia entre un tipo de la masa y yo aunque tomaran partido por el común.&lt;br /&gt;Lo que me hace piltrafa de cavilaciones es que centren sus vidas en el crédito del auto y el placard.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después del descansito anterior, sigo: estuve repensando lo que te dije recién, lo volví a escuchar y estuve a punto de borrarlo, pero prefiero que lo oigas así aunque haya contramarchas y desniveles entre visión profunda del caos amarillo y una miradita superficial al desarreglo crédito-placard-ónfalos.&lt;br /&gt;Estuve pensando que al fin y al fin (porque el cabo es el fin), aquello es lo normal. Lo asombroso sería que no ocurriera: que en la cola del cine se hablara no de la rifa sino de la apreciación personal de la realidad, de toda la realidad, la que se ve, la que no se ve pero es, la que todavía no es pero ya se intuye, la que se ve pero no es. Sin embargo eso parece, ¿o es?, imposible.&lt;br /&gt;Te repito que las caries y los cánceres no me arredran; me hacen trastabillar los dientes sano y limpios inmersos en tanto chocolate y nicotina.&lt;br /&gt;¿Por qué entre una raza de antropoides aparece un hombre y me conmueve? Esto de conmoverme es lo de menos porque podría interpretarse como una deficiencia mía. Y sobre todo me parece, no me parece, ES, un signo del fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando 0vos mirás desde el tren las casas, los árboles, las vacas, la gente, te parecen por la velocidad fundirse en una sola imagen borrosa, sin perfiles. Algo así como la masificación de la que vienen hablando tantos . Nunca me dio la impresión de ser monstruoso ese collage, ese rejunte de distinciones que se sueldan como plomos derretidos o, mejor aún, se mezclan como agua y aceite perdiendo sus formas y conservando solamente un atisbo fantasmal de su entidad.&lt;br /&gt;En cambio sí me altera lo contrario. Varias veces me ha pasado ver una ciudad detenida. No sé cómo explicarte, espero que suplas con tu imaginación las deficiencias de mi relato.&lt;br /&gt;Salgo a caminar todas las tardes un poco. Y prácticamente todas me ocurre lo mismo: los autos, las luces que titilan en los letreros, la gente que pasea o regresa del trabajo, comienzan a disminuir muy lenta e imperceptiblemente la velocidad. No hay disritmos entre ellos; se van haciendo lentos, hasta parecer fijos.&lt;br /&gt;Para no llamar la atención con mi paso vertiginoso, me siento en algún bar o me apoyo contra cualquier pared, fijo, estatuario, tratando de silenciar el malambo de mi corazón que retumba en las paredes delatándome, hasta que todo recobra su ritmo habitual. ¿Pero, te das cuenta?, ellos, todo y yo parecemos estar en la misma actitud pero somos distintos, distintos.&lt;br /&gt;A esta impresión de cámara lenta, no se escapa ningún detalle, ni el suave balancearse de las ramas ni el vuelo de bandadas de gaviotas ni el curso de las nubes. Solo yo estoy al margen. Y solo yo lo sé. Y disimulo.&lt;br /&gt;Y paralelamente me sucede. Noto que los contornos son más firmes, algo así como fotos cuyos bordes fueron recorridos por un lápiz. No se confunde un papel que cae con el fondo del mismo color de una pared. Conserva bien nítidas sus aristas y sus letras y tonos.&lt;br /&gt;Tanto es así que a veces me da la impresión de que ese árbol está recién colocado ahí. ¿Me entendés? No es un árbol nuevo, es el mismo que estaba ayer -comprobación que hice con marcas de cortaplumas-, es exactamente el mismo árbol o finge serlo con gran naturalidad pero parece recién puesto y con sus lados perfectos, dibujados por un pincel certero hasta en las ramas y hojitas más imperceptibles.&lt;br /&gt;Y exactamente lo mismo ocurre con las gentes, las intenciones, los pensamientos. Mientras los míos se diluyen inasibles para mí por la velocidad del tren, el resto me resulta cristalino. No hay impulso emocional, sueño o apetencia, cansancio o alegría que no perciba como si lo viera -y así parece ser- en un cuadro de un novato que ha marcado, al concluir, sus figuras con un resaltador negro de trazo grueso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizá a esta altura vos pensés que subjetivizo demasiado, que me intereso excesivamente por lo exterior, lo introduzco en mí y al llenarme no me deja espacio para el equilibrio personal. Quizá pensés que estoy cargando un solo lado de mi balanza interior. Puede ser... sí, es muy probable. Pero de una cosa estoy seguro, no sobreactúo, ni siquiera actúo. Estoy viviendo mi vida sin conocer para ella el sistema de Stanislawsky. Vivo, me zambullo en la corriente de mis experiencias, me salpico y ahogo de episodios de toda jerarquía y no tomo la mínima distancia.&lt;br /&gt;Recuerdo ahora mis épocas de actor vocacional en la escuela de teatro de La Plata. Había un profesor, hace de esto unos diez años, que insistía con el sistema de Stanislawsky: tomen distancia (¿era Lorca o Chejov?). Ustedes tienen que saber que están actuando, tienen que verse desde afuera, tienen que posesionarse del personaje, ser ellos mismos pero nunca olvidar que actúan. Recuerdo que yo no podía hacerlo, de ningún modo. Me metía hasta el fondo en el alma del personaje. Yo nunca fui actor, por lo visto era medium. Lloraba cuando había que llorar pero porque lo necesitaba yo, no por acotación del autor o del director. En las obras buenas que hicimos yo me destacaba en mi papel, pero en las otras desentonaba por completo... no solo en la mediocres sino también con el absurdo. Jamás pude hacer ni medianamente bien un personaje de Ionesco.&lt;br /&gt;HOY ES IGUAL. Siempre igual. Estoy METIDO en mi papel de hombre hasta perder la conciencia, hasta el DELIRIO o la MEDIUMNIDAD.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Lo mismo, pero exactamente lo mismo que me pasó con la fuente del otoño en Plaza Moreno! No te lo repito porque podés volver a escucharlo con solo apretar un botón.&lt;br /&gt;Lo mismo me pasa con las caras: yo no sé si es que miro mal, como desenfocado, quizá mire un metro atrás de donde están los rostros y ocurre...&lt;br /&gt;Empiezo a observar a alguien y de a poco surge un nuevo rostro desde atrás del que veía. Primero desfigurado, esfumado, pero luego -y acá está lo que me certifica que no enfoco mal-, luego, te decía, aparece otra cara, con toda nitidez. Detrás de una expresión cotidiana aparece una estereotipada con algún pecado, perversión, raramente con alguna virtud. Muy raramente. Pero no es un deshojarse como lo que le parecía a Pirandello (esos rostros ocultos, sucesivos, de cebolla), no, es EL rostro; y aflora ante mí en medio de situaciones triviales como por ejemplo pedir fuego a un desconocido o darle paso a una mujer en la puerta del banco.&lt;br /&gt;¿Y sabés que predomina? Una cara de imbecilidad, siniestra de tan imbécil. Una cara, una expresión de estupidez supina. Pero, no sé si ya te lo dije, no quiero aunque repita volver en la grabación, porque esta impresión me resulta muy difícil de explicar aunque nítida. Así como en el caso del tren y la película demorada... los rostros al ¿enfocar mal? mi mirada no se desdibujan como palos al borde de un camino, se marcan CON MAYOR INTENSIDAD, se acentúan los defectos y virtudes. Y hay un común denominador: la estupidez, el anquilosamiento, la pancita burguesa, la cara de vaca tonta mirando el alambre.&lt;br /&gt;Hay más. Por supuesto que me he mirado yo también en el espejo. Con gran temor. Te lo abrevio: me observé y vi como en los otros casos mi rostro revelador, profundo, exacto surgiendo de lugares desconocidos, apareciendo como un barco en la neblina. ¿Cuál fue el resultado? Hallé una rotunda expresión imbécil. Casi aterrado repetí la experiencia y la comprobé con creces. Noté que la nada se había ensañado conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dije hace un rato que me aterró la comprobación de la idiotez generalizada y mi participación. Pero no porque me quiera demasiado sino porque me preocupa que nadie deje de participar de esa conducta. ¡Ni siquiera los niños! En los que he visto hasta ahora, siempre, la imbecilidad duplicada de sus padres. Y , ¿podrás creerme?, los perros que esta gente pasea, sus casas, sus plantas, todo lo que los rodea participa de su estado como una epidemia imparable que afecta seres vivos e inanimados. Manifiesta la peste un caos o una nadificación que se asoma de lo hondo y gana terreno de manera exponencial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, cuando oigas lo que sigue seguramente pensarás "nada le viene bien", y puede que tengas razón. En fin, es esto: tampoco dejaría de impresionarme grandemente ver a alguien sin esa expresión. Sin hipérbole, me quitaría el sueño.&lt;br /&gt;Estuve tratando de entender esta aparente paradoja, no soy precisamente lo que se dice un teórico, objetivo filósofo o crítico sagaz, como habrás notado en nuestra antigua y ya lejana convivencia (lejana en por las experiencias que me la separan más que por el tiempo transcurrido), y como irás entendiendo al escucharme entraría yo mejor en la categoría de los intuitivos lindera por cierto con la esquizofrenia, la paranoia o alguna especie de delirium tremens provocado por algo ajeno a la bebida... Y bien, mis conclusiones son que me impresiona todo y me amedrentan y conmueven ambos opuestos porque todo es impresionante, amedrentante y conmovedor. Tanto el frente como el revés del monstruo. Babor o estribor. Arriba o abajo. Eso en primer lugar: que la realidad, toda la realidad, es hoy una experiencia sacudidora, tanto en hechos aparentemente negativos como positivos. Así, me preocupa la estupidez general de los rostros profundos como me alteraría cualquier excepción. Quizá por la perogrullada de que ésta confirma la regla, pero sobre todo porque el estado general es el de una caída inminente, la humanidad se acorrala y los que puedan estar al margen (no he visto ninguno) certificarían con validez universal para mí, que mi visión es adecuada, lamentablemente ajustada a lo que ocurre.&lt;br /&gt;¿Lamentablemente? ¿Por qué "lamentablemente"? ¿qué es lo que deba yo lamentar? ¿No será más justo decir "necesariamente"? o ¿consecuentemente? No sé, ni tengo muchas ganas de analizarlo porque quizá no modifique nada la diferencia. ¿Querés un acertijo, Antonio? Te lo cedo. Mi opinión apurada: "consecuentemente", porque -te lo explico a mi manera- si a nuestra civilización le salen branquias es por haber vivido muchísimo tiempo en el agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿No tuviste nunca la impresión de lo absurdo exacerbado? ¿lo ridículo tan ridículo en otro que no lo nota, que te hace avergonzar a vos? Tal vez por ser espectador, o por pertenecer al mismo paño de la humanidad.&lt;br /&gt;He tenido además, sigo teniendo, la percepción de lo grotesco. En varias ocasiones me pareció que los que allí se movían estaban representando un sainete... Me torturó la sospecha de ver esto por un inconsciente orgullo o soberbia pero finalmente disminuyó mi culparme siempre, porque pensé que yo también era actor protagónico del sainete grotesco, solo que aún no había entrado en escena.&lt;br /&gt;Por hoy, es demasiado. Es tarde y me voy a dormir esperando que las pesadillas no me hagan sudar y que algún sueño reconfortante aletargue estas visiones mías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recién, al afeitarme, noté que tengo una cara huesuda y algo pálida. No, no es palidez la mía (recuerdo dolorosamente ahora un pálido rostro de mujer... pero eso es feta de otro sánguche). Es como un frío. Sí. Un hielo que me endurece por dentro y se me nota en la cara. Si me hicieran fondo de ojos, o una radiografía, o algo que mostrara mi interior, hallarían un azulado témpano que me impide los movimientos externos y me arde aquí, entre pecho y espalda.&lt;br /&gt;Estoy fríamente solidificado y mis pupilas se dilatan por un calor excesivo, que me hacen temer una explosión. Los oídos padecen un zumbido continuo e insoportable por las dos temperaturas extremas entre las que se mueven.&lt;br /&gt;Estoy seguro de estos contrastes violentos pero no de la ubicación de mi polo y mi ecuador: ¿es que el hielo está adentro y la temperatura solar del exterior me hace estallar ojos y oídos? Quizá llegue entonces el fuego a mi interior algún día. ¿O será que aquí hay un brasero sobre el que se ciernen témpanos momificantes? ¿Habrá quizás en mí un equilibrio como el del infierno, donde las temperaturas extremas cohabitan, Dante Alighieri? Tal vez sea yo un Efesto antártico o en una de esas soy un iceberg caribeño.&lt;br /&gt;Sé que ciertamente lo que tocan mis manos se funde, se marca como un postre Balcarce, y queda mi nombre para siempre, si se sabe leer. No sé, vuelvo a decirte, si porque quemo las cosas o porque me derriten pero ALGO sucede. Y no encontré en los otros el mismo efecto sino uno similar: las cosas se humedecen, pegajosas, como si quisieran defenderse, exhiben una mucosidad protectora ante los miembros contagiosos.&lt;br /&gt;Y lo pero de todo es que ellos con sus manos de barro chirle y yo con las heridas térmicas, molestamos al mundo, lo manoseamos, lo herimos.&lt;br /&gt;¿Habrá alguien ante quien un picaporte, los botones del saco, las hojas de un árbol, las estrellas, un fusil, la luz, obtengan un brillo mayor? ¿Habrá alguien capaz de plumerear, barrer y lustrar la realidad? ¿Dónde está, si está?&lt;br /&gt;...como podrás oír, está sonando el timbre.&lt;br /&gt;Enseguida vuelvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era el administrador del edificio que venía a cobrar las expensas. Hay gente que me irrita y otros que me rebotan. Este buen hombre me rechaza desde sus canas bien habidas y su sólido matrimonio con nietos. No sé si rechaza algo de mí, por ejemplo mi soltería cuasi solteronería, tal vez los horarios anormales... no sé. Por ahí, resulta que no es él quien me rechaza sino yo que lo reboto.&lt;br /&gt;Hasta ahora he notado que hay dos tipos de personas: las que me repelen como el administrador y las que me incendian. Porque los hombres tienen su atmósfera y su gravedad, moviéndose en sistemas solares (sin sol aparente), evitando que los meteoritos del espacio exterior dañen su cuidada superficie y manteniéndose el uno del otro a distancias prudenciales. Cuando hay un acercamiento excesivo y se forman sistemas binarios entre madre e hijo, esposo-esposa, amigos, para evitar la formación de cráteres desérticos en su superficie, los hombres intensifican sus atmósferas por un reforzamiento de sus magnetismos: el mismo amor que los acerca, los mantiene a prudente distancia excluyendo una unión destructora. Conservan así una saludable cercanía que no llega jamás a comunión, son parejas, yuntas, no entidades compuestas pero únicas, son dos granos de arena en un mismo reloj.&lt;br /&gt;Hay que distinguir también en estos sistemas dos posibilidades (aunque te anticipo que esto no tiene ninguna importancia): uno que yo llamo TIERRA-LUNA, un satélite o siervo en torno a su amo; otro, ALFA-PROXIMA CENTAURI, dos que están casi en las mismas condiciones, giran una alrededor del otro sin unirse, y forman a su vez una atmósfera mayor que los protege de otros planetas, estrellas o sistemas. Todos son átomos solos temerosos de la fisión nuclear. Esto me parece cobarde desequilibrio, mentiroso de equidad. En otras palabras, se la creen a pesar de estar aislados.&lt;br /&gt;Bueno... ¿y yo? Yo soy un asteroide sin atmósfera donde se clava cuanta partícula inclemente flota en el espacio. A veces me salgo de la incoherencia de mi órbita y trato de acercarme, ya con humildad, ya con furia, a algún planeta, pero en estos procesos han sucedido siempre una de estas dos posibilidades que te dije antes: me he topado con uno de estos dos tipos. O me rebota la atmósfera haciéndome perder dolorido en las lindes del sistema solar, al borde de una parte de la nada; o me incendio al entrar descolocado y sólo queda de mí un fulgor efímero en la oscuridad que quizás no vea nadie desde ninguna playa o monte. Fugacidad que no estimula ningún pedido de deseo.&lt;br /&gt;A veces pierdo mi gran esperanza: encontrar vida en otro mundo y poder descender en él suavemente: hallar otra clase de seres.&lt;br /&gt;En fin. Me estoy poniendo insoportable de alegoría, lo reconozco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto se ha convertido ya, Antonio, en una terapia, en una necesidad. Es algo imprescindible que te cuente todas estas cosas o por lo menos que las cuente aunque al final no te lleguen a vos ni a nadie. ¡Hola, Antonio! Hacía mucho que no hablaba... Claro, vos podés apretar el botón y tener una modulación propia de mis palabras... ¡qué cosa! Pensar que el tiempo desde lo que vos hayas escuchado, probablemente cinco minutos antes o un día antes, pasó vertiginosamente o por el contrario pasó tan lentamente para mí que se hizo eterno. La eternidad es la diferencia de la rutina, lo distinto de nuestra rutina: que sucedan diez episodios en el tiempo en que normalmente sucedía uno, o que no suceda ninguno en un período durante el que rutinariamente nos ocurren veinte, puede ser quizás una eternidad, o una reverberación de la eternidad, una imagen un poco distorsionada por la dificultad de la eternidad en el tiempo. Pero, bueno, lo que quería decir es que entre los cinco minutos que pasaron en esta grabación y esto que estoy diciendo ahora, han transcurrido meses durante los que no pude ni abrir la boca ni pensar ni sentir. Meses en los que me endurecí, y esto me lleva a reflexionar sobre lo relativo del tiempo: yo ahora puedo detener la grabación, apretar el stop y dejar pasar mucho TIEMPO; que transcurran unos meses y luego apretar el rec y hasta enganchar el final de una oración que había comenzado un año atrás. Quizás vos no te des cuenta, quizá solamente puedas notarlo en el tono de la voz que ha envejecido un año, dos. Pero, de qué extraña trama se urden nuestras horas: una grabación como sucesión ininterrumpida de palabras y tonos, e inmersa en ella, oculta entre los intersticios del play y del stop, un pedazo de mi vida que puede significar toda mi vida. Y a esto sumémosle los tiempos manifiestos en el dedo índice apretando y apretando con su propio ritmo y modulación MI vida.&lt;br /&gt;¿Cuando vos detenés el correr de la cinta... dónde están mis palabras? Sé que esto es una estupidez, pero de todos modos... ¿en qué mundo se repiten mis actos sumergidos en esos intersticios? ¿Mientras yo hablo a través de la grabación, como ahora para vos, dónde estás vos? Tres mundos paralelos y tangenciales. Aunque no sea poético... quizá nuestra alma sea una grabación sin cintas ni botones que no accionaríamos nosotros (reemplazá alma por lo que más te guste).&lt;br /&gt;Y en esta grabación, obviamente está mi vida. Según los griegos el árbol sólo existe si Homero, es decir el poeta, lo canta. Árbol, dijo el poeta y fue un árbol. Como Dios dijo luz y la luz fue hecha (si no te gusta dios ponéle BigBang). ¡Fiat lux! Y hoy, aquí, yo cuento mi vida y mi vida es en la cinta del grabador, vida aquí dentro, SOY SOLAMENTE VOZ (con zeta), vivo en tus oídos, ¡escucháme con paciencia!, cada vez que accionan el play, vivo, con el stop, duermo. Sin tu atención, no soy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Traté de serenarme pero no fue posible. ¿Serenarme de qué?&lt;br /&gt;Pienso en la distancia de la palabra dicha a la palabra oída o leída. En la distancia de la palabra fijada en un texto o grabación o lo que sea, y la suma de vida que se requirió para que un hombre coloque en el mundo la impronta de su voz, un hijo que no muere. Hay que ser filólogo o intérprete de los textos, aunque sólo fuera una carta, porque la palabra cojea si sólo la miro. Leer es elegir y debo elegir cada voz y hacerla rebotar dentro de mí: que pique dos veces en el estómago, bote pon en el corazón, en el hígado pin, en los miembros pon, en el sexo pooon, en las orejas piiin, en pon el cerebro pinpon pin.&lt;br /&gt;Lo anterior, dicho en poco más de ... ¿cien palabras?, en sólo cien palabras que demoran de treinta a cuarenta segundos de tu audición y quizá dos minutos de tu preocupación, me rebotaron pinpin pon toda la tarde pon pon pin desde las tres menos cuarto hasta las siete y treinta y cinco pon pin. Y guarda, che, que no pensé más de lo que antes dije, hasta es probable que haya sido menos (por concentración en una imagen recurrente), pero lo tuve entre oreja y oreja, entre pecho y espalda, ceja y nuca, entre pelos y plantas golpeándome paf paf con ritmo cardíaco, la fuerza de sostenidas cachetadas de incontenible delicadeza paf paf para que sea en vos (con ese) quizá un pin pin sonoro o quizá un hueco y esponjoso sonido de botella descorchada . ¡Bluc!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es plena noche. No puedo volver a dormirme. Tuve pesadillas mierdosas. Aúin no se han ido de mi cama. Mañana te cuento. Voy con ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amanece y aprieto el rec. Una necesidad fisiológica.&lt;br /&gt;Hoy me siento clásico: otros días me levanto romántico de fiebres e impulsos, barroco de vericuetos, o surrealista. Hoy en cambio, creo que voy a tener un día de Sófocles y Virgilio, hoy viene a almorzar Aristóteles: una balanza apolínea en su equilibrio al miligramo. Hoy el sol trazará, como no ocurre siempre, un recorrido perfecto, de este a oeste y con sumisión inusual a su eclíptica. El sol es hoy esclavo de su destino. Hoy no ha de cometer la transgresora hybris de andar saltando moiras. Hoy no empezará, como otras veces ha hecho y tengo pruebas irrefutables y lógicas, a bailar de aquí para allá juguetón. No, hoy será un Parthenon en su ruta. Riguroso, macizo, nada simpático a los hombres (adoradores de lo efectuoso), pero heroico ante los Olímpicos.&lt;br /&gt;Anoche en cambio preponderó un surrealismo de corazones mordidos y encerrojados entre temibles sombras cortadas con gillette y luces insoportables al ojo de puro yodo y flash. Una larga muralla romana, por lo macilenta y sobria, encierra en semicírculo mi visión, detrás del muro infranqueable el cielo a rayas. Dentro del recinto que intenta atenazarme, una nube señala negramente mi centro con su dedo, sus millones de deditos que empiezan a caer sobre mí, al principio indican el territorio breve de mi entrono, luego se me clavan alrededor de los pies entretejidos, ahora me caen encima, acá vienen ya, los deditos amoratados y sangrantes de niños que me pinchan más delicados que alfileres, más persistentes que el daño y en el fondo de mi cuadro cruzan aves muertas un cielo abusado de vino tinto que se resbala hacia el horizonte, ensuciándolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos adolescentes cruzan hablando de una vieja película de Woody Allen. No sé por qué me puse a pensar en las películas de cowboys. ¿Viste que los vaqueros y soldados son siempre los que ganan? Yo siempre hinché por los indios. De puro contrera, nomás. Y anti-rubio. Una cosa parecida fue la historia político-social de los últimos años: una pelea entre indios y convoyes. Se entiende que los indios eran malísimos, como bestias del infierno, y los vaqueros buenos, altos y rubios. En todo caso -tengo que decirlo aunque es obvio, perdón-, hay indios buenos y malos, cowboys ídem. Y estamos todos mezclados, los indios y los vaqueros buenos por un lado, peleándose como latinos, y por el otro los indios y vaqueros malos simulando que se odian pero intercambiándose las figuritas. Esta meresunda de pipas de la paz y winchesters, no produce nada. Solamente odio y más odio. Y nosotros, los buenos, somos los que terminamos muertos o peor aún en las reservaciones. A veces, en la calle, me parece que hay muchos que esconden las plumas pero que en cualquier momento se va a armar una danza de la lluvia. En cualquier esquina. Y vamos a volver a la persecución de bisontes indefensos.&lt;br /&gt;Ahora bien, ¿y todo esto para qué, Antonio? Simple (mirá para adelante y hacé una reverencia): para entretener a la platea, al distinguido público que nos está mirando desde el gallinero y los palcos mientras manduca caramelos o franelea en la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio, lo que escuchás está dicho con sangre. Cada sonido que emito y se graba es una gota. Cada palabra, un coágulo. No pretendo ser original (no lo soy, ¿quién lo es?), quiero curarme de lo que me duele; o mejor dicho, necesito hablar, sentir que alguien me escucha..rá, advertirte de lo que veo y palpo..&lt;br /&gt;¿Quién sos vos, Antonio? ¿Qué queda de aquel adolescente que compartió sereno mis años de secundaria? ¿Sos el que eras? Seguramente sos el mismo pero con más imágenes. ¿Sabés por qué se muere el hombre? porque ve y oye. Por esa sola razón en los lugares aislados se vive más. Las cosas en la ciudad se devoran sin masticarlas ni la quinta parte de las treinta veces reglamentarias que decía mi vieja. El cardias no da abasto. El campo -o lo que eso significa y espero que entiendas sin más explicaciones- el campo es más sobrio para el hombre. es adormecedor. Se mastica con prudencia, se trabaja sostenidamente pero sin el arrebato urbano que anula en una hora de viaje las energías, muertas luego en oficinas. Las calles te oprimen. Las casas te sofocan . El cielo te da cachitos. Por eso quizás la gente se enloquezca en la alfajórica Mar del Plata: apertura, idea de inmensidad, que también se contagió de nuestro fárrago y te impide ver el mar y caminar por la playa. Mañana, Antonio, será todo densidad y opresión. Lo veo claramente sin necesidad de ser adivino ni otras zarandajas. No sé si social, religiosa, arquitectónica... o todas -las que te acabo de decir y las que se te ocurran. Pero mucho. Mucho consumo, no sólo material. Mucho quehacer, mucha filosofía pavota, literatura pavota, ciencia chabacana, periodismo ramplón, mucho, mucho. Tengo ganas de gritar. Quizá en cualquier momento te aturda con un aullido tarzanesco, porque esto me duele y no es joda. No son palabras, sí, son palabras, por ahí archiconocidas, lugares comunes, telenovelescas gansadas, pero en cada estupidez de las que me has estado oyendo hay pasión, ganas, polenta, bronca, dolor, amargura, cinismo, idioteces profundas son las mías.&lt;br /&gt;No tengo oficio de orador, no sé impostar la voz, ahorrar le aire... ¡qué me importa! Quiero que oigas mis bufidos y ronqueras, mi tos de hablar rápido, las cavernas de mis voces retorcidas. Qué tipo jodido soy. Meta hablar de mí... ¿y para qué? Para mostrar lo boludo que soy. No hay caso, no sirvo para hacerme propaganda. Ni para espiar detrás de un vidrio.&lt;br /&gt;Acabo, Antonio, acabo de asesinar de veinte palazos a una embarazada. Antes la violé. ¿O después? No me acuerdo. Se me confunde todo porque creo que mientras masticaba su pierna izquierda tomé un poco de kerosene para bajarla y me cayó pesado.&lt;br /&gt;Ah, te despertaste, guacho. Estoy seguro de que estabas roncando con el grabador en marcha. Ahora que despertó mi niño conmovido en las fibras más íntimas de su morbo, podemos seguir charlando. ¡Atenti que no chorree más sangre el parlante! Te dije que cada sonido mío era una gota roja. Bueno, ahora que te despertaste te corto el chorro. No hablo más.&lt;br /&gt;Por ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Concreto, Real" son hoy el non plus ultra de la verdad.&lt;br /&gt;"Lo que digo es real, no es un sueño ni una utopía. Hagamos. en lugar de hablar. Hechos, no palabras. Seamos concretos, por favor." Y otras frases por el estilo, son claro síntoma del desconcierto, la absoluta confusión. Concreto como el pavimento, sí. Pero esas afirmaciones suprimen toda sutileza, suponen que todo se puede dividir en lo palpable y lo mentiroso. Y ahora ni siquiera lo concreto es claramente palpable porque el paisaje se hace viscoso.&lt;br /&gt;El mundo sensible está descongelándose como una heladera . Si observás con atención podrás notar, Antonio, que en los bordes o la base de las cosas hay manchas de agua cada vez más grandes. Todo se licua.&lt;br /&gt;Y no estoy hablando de los casquetes polares precisamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me miro desde acá arriba las manos apoyadas en la mesa, escribiendo una carta sin destinatario o dibujando mamarrachos de distensión, y me parece... o no, no me parece... ES, ya nada "me parece". TODO ES, o CASI ES... y las manos, te decía, Antonio, están allá lejos, inalcanzables, aisladas, culpables, moviéndose a su ritmo, según su propia alma, aplaudiendo, acariciando, gesticulando, rascándose entrambas.&lt;br /&gt;Pero al menos puedo verlas, puedo oírlas chasquear, puedo sentirlas cuando rascan la cabeza o se restriegan los ojos. Las manos tienen una cierta entidad probada por mis ojos y oidos. Pero... ¿y mi cabeza? ¿Existe realmente la carnadura de mis sesos? ¿O seré sólo espíritu con ojos y con oídos? ¿O acaso una impresión, un algo fugitivo o mágico que me simula la existencia? ¿Una sensación de vida como el relumbrar de las viejas osamentas, una luz mala que nace de la nada?&lt;br /&gt;(Cuántas preguntas, parece un test laboral.)&lt;br /&gt;Para mí mismo no hay certeza. Para los demás no caben dudas: soy UTOPÍA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un amigo sanjuanino me ha contado cómo es un terremoto. ¿Vos sabés, Antonio? Yo no sabía. Bueno, ahora sólo tengo una referencia indirecta pues no lo experimenté. Según el sanjua se oyen los aullidos de los animales, primero. En medio de la noche. ¿Por qué de noche? Luego se hace silencio e inmediatamente empiezan a retumbar en sordina los pisos, luego las paredes. Se empiezan a sentir los ruidos de las personas, golpear puertas, dar órdenes, llorar, correr. Finalmente todo se abre.&lt;br /&gt;Antonio, tengo una dura opresión en el pecho y la garganta. El corazón está siendo sofocado por una almohada imbatible: a mi alrededor las paredes laten, las puertas se golpean, los perros aúllan. Se aproxima, Antonio, un terremoto quizá gigantesco pero sin grietas, un terremoto tras el paisaje. Un terremoto como bomba de neutrones: todo seguirá igual, salvo que no habá hombres en las casas ni en las calles. Quizá estemos padeciendo anticipos que nos van minando lentamente, precisamente, de-fi-ni-ti-va-mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche me amedrenta.&lt;br /&gt;Recuerdo que cuando tenía catorce años fui con mi familia a Necochea: mis padres, tíos y primitos. Alquilamos un departamento en la ciudad vieja. Los días fueron hermosos, con una playa muy extensa y sin el pesado alboroto marplatense. Una tarde, en casa, me estaba bañando y cerré la ventanita para poder colgar la malla de su palanca. Mis primos molestaban abriendo y cerrando la puerta, le eché llave. Mi último recuerdo es que al enjabonarme agachado los pies, me sentí mal... Desperté, Antonio, en una cama gritando me caigo me caigo mientras me daban a tomar alcohol puro. No voy a jugar con la posibilidad atrayente de que no he despertado y todo esto es el sueño de la muerte. No, Antonio, ahora no me interesa eso sino comentarte la extraña sensación de la lenta e innotable pérdida de conocimiento y del enfermizo y paulatino despertar.&lt;br /&gt;¿Dónde termina el sueño y empieza la vigilia, Antonio? Esto es lo que me amedrenta: no poder deslindar. Es una especie de esquizofrenia al revés, la mía. No la disociación de la personalidad en dos, la partición del cerebro, sino la fusión de la vigilia y el sueño, lo real y lo irreal. Tanto que a veces me parece -como en las películas viejas sale del cuerpo el espíritu o en los dibujitos animados el contorno sigue y la figura queda- que sacan de lo que veo, oigo, huelo, una capa de cebolla o un papel contact traslúcido que distorsionaba las imágenes y aparece por atrás o por abajo la realidad ocultada por el smog de nuestra incuria. Quizá sea como un papel de calcar en el que se transcribe inhábilmente la Gioconda, nos acostumbramos a la copia burda y un buen-mal día arrancan el velo, lo enrollan y nos topamos con la sonrisa. Aquella intoxicación adolescente y esta esquizo al revés me asustan por igual, ante ellas siento el terror de lo indiferenciado. Pero también me impresiona , y ya oigo tus risas, Antonio, también me impresiona lo contrario: al apoyar la cabeza en la almohada, muchas veces, Antonio, pienso o experimento miedo, no a dormirme sino a no despertar. Ese espacio en blanco, o mejor dicho ese agujero negro del dormir, indiferenciado, sin altibajos ni contrastes como la realidad, es la imagen del caos, de la indistinción que me aqueja. Ese paulatino entrar en la noche, por la intoxicación del gas, es la atontada penetración de nuestra humanidad en el submundo negro del sueño sin sueños. Es ... Solamente los sueños, las imágenes de la noche, dulces o terribles, clásicas o surrealistas, me hacen respirar.&lt;br /&gt;Mi terror, Antonio, es no soñar, pasar una noche vacía en la que NO SOY.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hola, Antonio, no sé por qué me pongo a hablarte ahora. La verdad es que te podés saltear tranquilamente estos minutos de la grabación: no diré nada. Por terapia, solamente, estoy abriendo la boca. No me duele nada, no me siento mal, pero tampoco me siento bien. Neutro. Ni uno ni otro. Es un día tibio. Digno de ser vomitado. Es un día negro como las noches sin sueño. Hay gente, Antonio, que vive toda su santa vida así, sin tirar una piedra biliosa ni dar un beso cordial. Entonces todo se gasta por nada. Uno va creciendo hacia la muerte para que se le convierta en vida o se aferra a cada segundo para escapar de la nada futura: pero dejar correr el tiempo sin altibajos es vegetar. O ni siquiera, porque los vegetales crecen, fructifican. ¿Te imaginás, Antonio, una planta que no dé nada? Ni espinas, ni manzanas, ni flores ni nada. Yo tengo muchos días así. Días enteros al final de los cuales miro hacia atrás y veo... qué veo, una neblina húmeda. Ni sol ni tempestad. Es algo demoledor. Pero si a esas jornadas le sumás la inconciencia, estamos listos. Una cosa es ser nada pero saberlo y otra es no ser, existir solito y agatas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miro por la ventana de este décimo piso la ciudad iluminada. La luz artificial de los focos, los negocios con sus carteles cada vez más grandes y colorinches, los faros de los autos... ¿dónde está la gente? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Qué piensan los que viven en aquel edificio, en esa ventanita iluminada? La gente desde acá es, en el mejor de los casos, una sombra. Una sombra triste producida por las luces de autos y vidrieras, televisores azules. ¡Hágase la luz! Y la luz, Antonio, se hizo. Pero nos dejó a oscuras y sólo somos sombras tridimencionales erguidas. Muy erguidas. Sombras nada más, como en el tango. Einstein dijo maravillosamente que la Luz es la Sombra de Dios. Sí, creamos o no, es así. Debe ser así. Pero para nosotros hoy habría que decir "la sombra es la luz del hombre". Como notarás, Antonio, hoy no se me dio por la alegoría sino por el trabalenguas , ¿o destrabalenguas?: la sombra es la luz del hombre de hoy, techaba su choza.&lt;br /&gt;¿Mañana qué pasará? Seremos unos dioses geniales como pensó Teilhard o unos flores de nada? Me quedo con la última. ¿Por qué? ¿Por negativo nomás? Puede ser. Me quedo con la segunda opción porque hoy por hoy los verdaderos optimistas son los pesimistas. Los que siempre ven lo malo aspiran a mejorar; los que siempre ven todo color de rosa o son tontitos o son santos. Pero estos últimos (si hay alguno que tire la primera hostia) no ven todo rosa acá. Soportan la parrilla del mundo como San Lorenzo, con una sonrisa, porque tienen puestos los ojos más allá donde todo es bueno y bello y justo y verdadero y no hay inflación. Pero generalmente los que nos olvidamos un poco de la ultratumba o no creemos en eso, somos pesimistas para progresar: caritativamente pesimistas. Religiosamente pesimistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esto que te cuento le está faltando algo muy importante. Algo que quizás estés esperando ansioso. Tal vez te estés preguntando si aquello que dije sobre sentirme neutro debía llevarse también a otros planos de mi existencia. Claro, a esto le falta... sexo, sabor, ¡azuquita! Y acá viene. Esperáme un cacho que pongo un poco de música adecuada, tengo por acá una selección de temas para el caso que te va a dejar loco.&lt;br /&gt;¿Bueno, escuchás bien de la musique?&lt;br /&gt;Ayer a la tarde, estaba tomando un café en un boliche del centro y cayeron unas minitas que se sentaron en la mesa contigua. Empezaron a chacotear entre ellas, me prendieron en la joda y ñácate me levanté una (o me levantó ella). Anduvimos un rato por ahí, caminamos, charlamos y finalmente la traje-me trajo a casa. Todo bien. Al amanecer entró el sol por el ventanal hasta los pies de la cama. Café con mediaslunas, puchos, algo de música, charlita, nos vemos y adiós. Realmente piola, sin complicaciones ni compromisos, ideal.&lt;br /&gt;Pero hoy a la tarde, es decir hace unas horas, ¡ay qué tipo que soy!, ya distendido me atacó la filosofía o la yo qué sé. El otro yo del doctor Merengue. Y me di asco. Vi la imagen de esa mujer engulléndome, vaciándome, haciéndome escapar por el knock out de la fácil. Me vi metiéndome en una seguidilla de mujeres ágiles, no sería la primera vez, por una prolongada pendiente. No hago, Antonio, un problema moral del asunto. Hago otra clase de problema moral: no me importa lo que pasaba por la mente o por el gusto de esa muchachita pero sí lo que corría por la mía. Y me parece una traición, sí, una traición de tipo social aprovecharme de la liviandad de esa flaca. Ma qué se yo, no entiendo bien el asunto. Me molesta, creo, haberme atontado, haber perdido el soberano control que ejerzo sobre mí mismo, haberme dejado llevar y olvidarme de todo. Me dio bronca (después, claro; no soy tan boludo) prestarme al juego del escape por la piel. O por lo que sea. Después todo va mejor con cocacola. Le tengo terror a las soluciones triviales y cómodas para la depresión, después me hunden más. Y francamente, prefiero la locura, es mucho más sana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que me instalé bien te voy a contar hasta dónde me llevó lo que te dije ayer. Ya tengo el termo y el mate en mi mesita, el grabador amigo, los puchos y el cenicero (la vieja presente en su legado de manías). Entra el sol a empujones por la ventana. Hay un tema de Sibelius, no sé cómo se llama ni quiero pararme para verlo. Solamente recuerdo los nombres de dos que me gustan, "Cabalgata nocturna" y "Preludio a la tempestad". El vecino del departamento de al lado detuvo hace diez minutos un frenético martilleo; le debe haber agarrado la locura de colgar cuadros y estantes. Después fue al baño, pedorreó profusa y adustamente (estuve tentado a conectar el grabador para que los artificios y estruendos fueran una cortina musical acorde a mis palabras o sirvieran de islas publicitarias que mostraran el aspecto comercial y consumístico de nuestro intestinal género humano). Finalmente acompañó su ducha alternando aullidos de Poompeya y más allá laiinundacióon" con ¡Viejaaa, alcanzáme la esponja que no sé onde mierrrda la metistesss!" Me gustaron más las modulaciones costumbristas del último tema.&lt;br /&gt;No sé de qué te estaba hablando, me perdí y no quisiera... sí, el asunto del levante y sus consecuencias. Aguantá que vuelvo enseguida, mientras escuchálo a Sibelius.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como notarás, últimamente no me puedo concentrar. Estoy-soy disperso. Digo una palabra y en el medio de la frase se me cuelga otra. Lo que ocurre es que, según creo, necesito aclararte o desarrollarte cada pequeño aspecto. Por ejemplo: el asunto del vecino ruidoso me llevó a pensar otras cosas a medida que te lo decía. Cosas sobre el ruido anal. Quizá te preguntes adónde va todo esto. Ojalá... ¿Y qué sé yo. ¿Qué sabemos? El asunto del bochinche y los silencios me hace acordar al ahora. Nos asfixiamos en silencio. No nos sabemos callar, como lo pruebo yo mismo con toda esta cháchara. Devaluaciones, guerras, salarios, problemas domésticos, sobornos en el fútbol, bocinas. RUIDOS. Tenemos que llenarnos de ruidos. O nos llenan, en toda la extensión. Son todos cachetazos, puñaladas, gritos... enorme acumulación de sensaciones. Densidad. Todo tiene que ser denso. Mucho color, mucho ruido; pero acá adentro (me estoy señalando la cabeza) y acá adentro (me estoy señalando el cuore), nada. O peor, todo. Menos lo fundamental. Las calles son un torbellino de imágenes, las casas pura imagen. Las vacaciones, el descanso, los fines de semana hay que colmarlos de palablablablas. Sonidos, bocinas, paseos vertiginosos. Hay que verlo todo y escucharlo todo. Tener todo frente a las orejas y los ojos, ¿y para qué? Para que así no podamos ver nada, ver lo que pasa tras la cortina, oír lo que se opaca bajo el quilombo. No sea cuestión que podamos abstraer. Irnos. Mejor todavía: meternos en las cosas.&lt;br /&gt;Por eso la realidad se llena de trabas y caretas que nos impiden abrir la puerta y notar los rostros. Siga el corso y meta serpentina. Introduzcamos los ojos en la tele y la ventanilla del auto. Metamos las manos en las cremas y los rouges del alma. Metamos las orejas en una lata con tornillos y sacudámosla. Pongámosla, como única forma de comunión entre uno y otro. La enchufo para encender el velador y chau, la desenchufo. Metalé nomás, meta y ponga, dále a la matraca y al papel picado, cargá el pomo y el antifaz. Siga el corso. Solamente somos fantoches. ¿Para qué sacarse la careta y romperla contra el piso? ¿Qué guarango? ¡Qué chinchudo! ¿Te sentís bien? Tomáte un valium. Y vas a quedar completamente desconectado, en orsái, gil. Un pasito adelante y quedaste pagando como caballo en el techo. Y entonces te hacen pito catalán y te putean y te tiran botellas. ¡Boludo! ¡¡Hay que quedarse en el molde, PELOTUDO!! ¿¿No ves la línea, no ves?? ¡Vas a cagar fuego, gil!&lt;br /&gt;¿Y a mí qué me importa, Antonio? A mí qué. Si como fuego, veo y toco fuego, oigo fuego. ¿Qué me importa cagar fuego?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué haré contigo, Antonio? Quizás vaya a buscarte a tu rancho, sucio sureño, y te haga abandonar el pueblo al amanecer. Ya mismo, me oyes. Toma tu caballo y vete hacia la puesta del sol con tu guitarra y tu smithyweson.&lt;br /&gt;¡Qué bueno si fuera así de fácil! Ojalá pudiéramos bajarnos de este tren y emprender una vida nueva en una ciudad fundada por nosotros. Al menos ganaríamos algo de tiempo, despistaríamos al mundo exterior en su decisión de aplastarnos y convertirnos en reino de dos planos. Pero esto no es una película del oeste. No somos colonos sino ancianos de un sistema que ha llegado al máximo de su expansión, virando al rojo furioso, tocamos la linde del universo, y es previsible que todo vuelva vertiginosamente al caos primordial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé, Antonio, por qué estoy tan alterado. Aunque, en realidad, alterado convertido en otro no, sino ensimismado convertido siempre en yo mismo. La mayoría de la gente está, según dicen, alienada, masificada, convertida en un pastel sin ingredientes. Ellos son papas (¿viste que todas las papas tienen distintas formas? Las hay narigonas, casi esféricas, tubulares, ganchudas...) ellos son papas, sí, pero los hicieron puré. Un puré pastiche sin sal ni leche ni manteca aceite comino. Un masacote que los llevó de hermosas papas distintas (unas limpias, otras que aún parecen un pedazo de tierra) a convertirse en otra cosa: un puré que no alimenta, tibiecito de arcadas.&lt;br /&gt;¿Y yo? Yo soy un papafrita, una papa neta (un papanatas), hervido en el aceite del mundo. ¿Te acordás de esas teorías sobre la forma de la tierra que nos ilustraban los libritos de la primaria al hablar de Colón ? un gran disco sostenido por Atlas o por una enorme tortuga; una planicie como isla en un mar plano plagado de monstruos; una semicircunsferencia rodeada de fuego y lava. Bueno, para mí, no es ni una esfera imperfecta como creen los científicos y todo el mundo, ni una concavidad según decía no sé qué loco nazi (lo cuentan en "El retorno de los brujos") y otros locos de ovnis que la hacen llena de antenudos o atlantes que se ventilan por el polo norte. Nada de eso, Antonio, la tierra es una sartén con aceite hirviente donde nos cocinamos los papafritas por conservar una forma distinta, y también una olla tibia donde pisotean a los paparulos masificados. Claro, todos perdemos la cáscara y andamos desnudos mostrando nuestras pesadillas. Ahora, eso sí, a los papafritas como yo, no sólo nos hacen hervir en esa infernal sartén de la que algunos salimos crudos y otros negros sino que también nos cortan en pedacitos y desmembran. Ese es el precio por conservar la identidad, ser destruido por Los Cocineros en veinte pedazos informes que debemos buscar y recomponer. Y después nos encontramos con que algo de nuestra alma o de nuestros recuerdos está tan blanco como cuando nacimos o tan incinerado que ni lo reconocemos. Pero hay que elegir, siempre: dejar que hagan un purecito tibio con vos y los otros, un puré difuso y sin límites, o verse condenado a no reconocer ni siquiera nuestras propias partes por haber pretendido seguir siendo papas...&lt;br /&gt;¿Y vos, Antonio? ¿Te convertiste en un paparulo o en papafrita? ¿Conservás algo de tus formas o te metieron en el molde? ¿Serás alguna papa hermosa, con su cáscara marrón, sus pedazos de tierra original, sus suculentas curvas, sus ojos sucios como llagas, su interior blanco y carnosos, propiedades naturales y nutritivas, alguna papa que quiera tal vez ser alimento de un desnutrido o florecer aislada y podrirse para volver a su origen? Aún no encontré nada así, nadie así. Nadie. Y eso que he buscado, vivo buscando la paponia. Nada más cierto de que las papas queman. Yo soy quemante, y será por esas razón que me escupen de la boca. ¿Nadie quiere alimentarse de mí? Y acá ando, ardiente y escupido por no querer entrar en ese espantoso puré de caja con gusto a plasticola.&lt;br /&gt;Disculpáme por un rato, todas estas paparruchadas me despertaron el hambre. Demás está decir que no voy a comer tubérculos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy tapado, seco. Duro de vientre. De chico me daban Cirulaxia. Hermosa Cirulaxia de rico gusto en épocas de remedios con aromas volteadores de pterodáctilos.&lt;br /&gt;Pero hoy la botellita con el viscoso oscuro no me puede hacer efecto. Ni una gruesa, ni doce docenas, ni ciento cuarenta y cuatro botellitas.&lt;br /&gt;Hay que sacarlo todo afuera, Antonio, como la primavera. Malo, malo, malísimo esto de estar taponado. Se te pudre adentro y a la no muy larga te viene una que miserere nos. Toda la porquería resacosa que no sirve ni a pulmones ni a músculos se te revuelve intra infectando sangre, sudor y alma.&lt;br /&gt;Hay que sacarlo todo afuera. ¿Nadie quiere que adentro algo se me muera? Sacar lo que se debe sacar. Sacar lo que se pueda.&lt;br /&gt;Toda esta concentración de mierda, síntesis de mierda, habría que sacarla afuera para que adentro nazcan cosas nuevas. Pero no hay cirulaxia que me haga sacarlo todo afuera como la primavera. Toda esa comida podrida que ingerí. Esos frutos tardíos, esa carne grasosa, vino agrio, leche cortada. Ese pan enmohecido. ¿Qué me quedó? ¿Qué alimento sacó mi sangre de lo podrido rancio vencido cortado maloliente?&lt;br /&gt;¿Qué mierda de mierda se forma como detritus de lo pútrido? Y yo he estado, y voy, rumiando esa bosta de bosta, ese estiércol de estiércol, mierda al cuadrado. Hay que echarla toda afuera; como la primavera, como el otoño, pero este invierno verano mío me pudre con su calor, me abomba, me hiela y calcina.&lt;br /&gt;Quizá, mientras a mi alrededor todos andan con colitis de caracol en harina, yo deba irme como un gran sorete afuera como la primavera para que adentro nazcan cosas nuevas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué me importa que se rían y me llamen el mareado? ¿Qué me importa que no se rían y no me llamen de ningún modo? Que me importa mucho por mí y por ellos. Que me importa un montón porque hasta puedo justificar que se rían de un rengo quizá más por nervios que malaentraña. ¿O alguien me va a vender que cuando ve un mogólico no intenta dejar de mirarlo? Pero es un reconocimiento por contraste. Una identificación. Una prueba de salud y cordurra. A don Quijote le tomaban el pelo: ¡dichosa edad y siglos dichosos! Hemos perdido la capacidad de locura. Hoy, loco es el que viola un chico. La locura con ritmo de Puch, Robledo. O el que pone una financiera y en vez de ir a la cárcel por estafador va al Romero, Melchor . Tres meses y adiós. No, tonto, ese no va a ningún lado. Va al extranjero.&lt;br /&gt;La vieja y trillada locura del único cuerdo, hoy ni siquiera tiene reconocimiento. Nadie le da pelota al rayeta. Hoy sólo existe el loco esquizofrénico y el loco esquizoide. El loco exquisito como este servidor que te habla, es inservible, loco.&lt;br /&gt;Dios guarde a la reina. Y al alfil y al peón. Y si te asusta, Antonio, este canto final o no le encuentras sentido, podés cambiar el dial.&lt;br /&gt;Y a la hora del naufragio y de la oscuridad alguien me rescatará... ¿Alguien me rescatará para ir cantando? ¿Cantando al sol como la cigarra después de un año bajo la tierra?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Alguien me está por rescatar! Creo que no son imaginaciones mías, locuras entre comillas. Por mi cielo han pasado cometas naranjas, pelotas de fuego. Y luego, creo, Antonio, que vi una bengala. Este tronco carcomido y polvoriento me sostiene. En su mitad podrida estoy pero me ayuda. Pasan más cometas ardientes. Sólo puede auxiliarme la carroña de este olmo que ya derribó el torbellino, que ya tronchó el soplo de las sierras blancas.&lt;br /&gt;Alguien me está por rescatar. ¡Vi una bengala! ¿Sí?&lt;br /&gt;¿Sonó el silbato dando fin al partido, referí?&lt;br /&gt;Adiós, adiós me iré a navegar, me iré cantando, cantando al sol como la cigarra después de un año bajo la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No. Sigo acá solo. Afuera no hay nada. El mundo es una ilusión de movimiento y gente. El paisaje es únicamente un telón burdo. Y estos spots no harán crecer ninguna planta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me dan lástima los defensores, Antonio.&lt;br /&gt;El arquero, aunque interviene cuando ya casi no queda nada por hacer, puede lucirse. Es distinto, personal, puede usar gorra, vestirse como se le canten, agarrarla con la mano. Tiene coronita. Los demás jugadores no pueden manosearla y son castigados en caso de hacerlo. Si le llenan la canasta puede acusar a la línea de cuatro, y los hinchas se la creen.&lt;br /&gt;El delantero puede ser un farolito, parado ahí todo el tiempo. Un patadura fenomenal que la empuja un par de veces adentro y sale en la tapa de todos los diarios. Ligan patadas, es cierto. Pero quedan como víctimas y todos nos compadecemos.&lt;br /&gt;¿Y el marcador de punta? Siempre me pareció una figura triste. Corriendo al habilidoso, tirándose al piso, intentando robar la pelota. Cuando se come un caño es una penetración festejada por todos los machos de la tribuna. Y si lo llegan a pasar una sola vez, adiós.&lt;br /&gt;Como un general criollo, el arquero vive apoyado en el poste, cruzado de brazos, gritando a sus compañeros. Lejos de la acción, saca brutalmente la pelota. Fuera de acá, vamos, raje que me compromete. ¿Y si ataja un penal? Se convierte en el Salvador del equipo.&lt;br /&gt;El triunfo pasa por la delantera. Y los tristes defensores no tienen mucho que elegir: o se convierten en tremebundos pataduras que revolean el fútbol y el rival a cualquier parte, parodiando al guardameta. O asumen su papel de apoyo a los que la mueven. ¡Malhaya triste destino el jugador argentino!&lt;br /&gt;Pero todos esos viejos peligros quedaron atrás, Antonio. Ahora los que nos ponemos el pantaloncito y el número en la espalda somos solamente METÁLICOS JUGADORES DE UN GIGANTESCO METEGOL. Manejados de afuera. Bailoteando en un estúpido molinete que da sensación de movimiento. Jugando contra uno mismo. Logrando solamente marearnos de cuerpo y alma. Pero la masa se cree Maradona y somos sólo un producto de la desquiciada siderurgia nacional, y una expectativa muerta hasta que ponen la ficha, salen las siete bolas y gozamos delirio de deporte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé que voy a hacer con este palabrerío que estoy grabandote. Enumero distintas posibilidades:&lt;br /&gt;Compro tres metros de soga, busco el árbol más alto del parque, hago una horca y cuelgo el casete para que penda con la lengua afuera como escarmiento para cualquier iluso.&lt;br /&gt;Podría construir un barrilete... pero sería demasiado peso. No.&lt;br /&gt;Cometo un robo de Rififí al revés. Me pongo una polera negra, un pantalón negro y gorra negra. Amparado en las sombras de la noche voy a revolear la soga (que sirve también para la primera opción) , la engancho de la terraza de Lutz Ferrando. Llevar bolso con herramientas. Haré en el techo un boquete de treinta y cinco centímetros de diámetro por donde me voy a deslizar al interior. Con el material electrónico de mi misión imposible me veo anulando las alarmas. En un glorioso final con música de suspenso, cha chan cha chaaan, dejo en la vidriera las cajitas que contienen todo lo grabado. Incluida mi confesión, apellido, nombres, seudónimo, nom de guerre, grupo sanguíneo y, fundamental, el electroencefalograma.&lt;br /&gt;¿Cuál va d o e? No importa. Podría ir a la verdulería del barrio y deslizar el o los casetes entre la paja del cajón de manzanas para que los venda a tres por un peso.&lt;br /&gt;Se los mando al presidente de la Nación con una carta explicatoria y el título: Top Secret, Watergate Cósmico, This side up, Manténgase en lugar fresco.&lt;br /&gt;Etcéteras, Antonio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hay nada a qué aferrarse: Nada es sino lo que no es, leí por ahí. "Lo hermoso es feo y feo lo hermoso" dicen las brujas de Macbeth. Y es una realidad. Es un mundo demoníaco donde todo sigue un ritmo; otro, pero ritmo. No menos confiable para entender la realidad, que la belleza perfecta donde lo hermoso sea hermoso, y lo feo, feo. Se puede ser cuerdo en el mundo de las brujas o en el angélico. ¿Pero aquí hoy? ¿donde la hermosa flor es de plástico? ¿Donde la mina que está más fuerte, Antonio, la que te vuelve leña, es un brasileño operado? (operado, si tenés suerte, si no te opera él a vos). Donde la bondad no es tal sino idiotez; la belleza, inexpresión; el arte, vistosidad; la maldad, pose, y así podría seguir enumerando hasta agotar el casette.&lt;br /&gt;La realidad es una alegre apariencia de risa externa de payaso y por debajo del maquillaje...&lt;br /&gt;La realidad es una triste apariencia de lágrimas de cocodrilo que tapa burla en ebullición.&lt;br /&gt;Y ojo, Antonio, que no hablo de gente falsa. No. Ese es un problema moral. Esa no es mi preocupación. Mi desgarramiento pasa por ver en los sucesos y casualidades, en lo eventual y en lo preparado, histórico o cotidiano, la máscara del mundo. No la de los hombres, que dura menos que el carnaval. La del mundo que me presenta héroes de traición; triunfos sobre horribles derrotas; paisajes decorados; temibles malvados a los que acusan dedos bondadosos y sólo se encubre la bondad difícil opuesta a la apatía buena. Nada es lo que parece. Lo otro soy yo. Los árboles añosos de la realidad aparentan techumbre y son cilindros de fórmica.&lt;br /&gt;No me sorprendería descubrir que la luna de los poetas ha sido cambiada por una gigantesca lámpara que colgaron allá arriba los USA (tenemos un problema Huston).&lt;br /&gt;Si tuviera que elegir hoy una imagen que represente nuestro vínculo con la realidad, Antonio... la realidad, la realidad no es un cenicero. Es más real el miedo que el paté de foie. Martín Fierro y mi sueño de ayer son y están más que el ciclamato y las várices. Chesterton decía que empezamos negando lo invisible y terminamos creyendo que no existe Australia.&lt;br /&gt;Bueno, no sé adónde iba. Te dije que soy disperso.&lt;br /&gt;Tenía que ver con la representación de Cristo en la pintura. Mi barniz culturoso, más los fascículos coleccionables, me permiten guitarrear en varias cuerdas sin tocar bien ninguna.&lt;br /&gt;Y hablando de esencias, estoy sentado encima de las mías. En el inodoro.&lt;br /&gt;Haciendo fuerza, sentado en el trono, reflexionando sobre lo divino: acá tenés a un hombre. El presente nos propone pensar así y a no olvidarse de tirar la cadena. Si no, la otra es filosofarse encima.&lt;br /&gt;En la pintura medieval la realidad aparecía, también Cristo, perfectamente contorneada y superior, o patas arriba. La fe dividía el camino. Indudablemente. O con Dios o con el Diablo. O perdiéndose en la selva del mundo pero con clara conciencia de arriba-abajo.&lt;br /&gt;Después eso se puso viejo como una casa y los vecinos renacentistas y barrocos adornaron el antiguo patio con muchas macetas multicolores. Claro, después de tanto colorinche, se pone nervioso cualquiera. Y así fue que los románticos, tras un obviable paréntesis, lo hicieron a Cristo niño, o pintaron ciclones.&lt;br /&gt;Hoy, quizá, la imagen más representativa de la divinidad sea ese dios en la cruz, muerto, y en un escorzo tremendo al que sólo ve desde arriba su padre. El acá es nada más que un desarmado y doloroso lugar de dos dimensiones, incoloro. Guernica.&lt;br /&gt;Pienso que lo eterno, no puede estar retorcido y confuso. Serán nuestros ojos los que se han puesto bizcos y ven todo doble, o se habrán puesto cíclopes y nada tiene perspectiva?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio, tierra falta de melodía. Sin colores, solo negro y solo blanco, y todo así fuerte y duro sin olor tampoco, sin persona ni ayer-mañana-hoy. Tampoco profundidad. Hecho de frente mundo plano. Dando solamente una cara, no hay nunca error ni acierto, ni riesgo. Solo una cara que no cambia sobre (junto a) paisaje blanco, negro, inmóvil, luz que deslumina todo quieto.&lt;br /&gt;Ver pasar cosas como perfiles. Ver no cambiar nada: ver como con ojo solo uno, pirata, acá cerca pero con catalejo, todo tuerto; oír sin melodía como con oreja sola una, no en estéreo sino en mono.&lt;br /&gt;Oír como ver tuerto blanquinegro ahora acá.&lt;br /&gt;¿Dónde está acá? ¿dónde allá? Acá está allá y acá juntos. Caminar también es tuerto. Hablar es poner cara junto a cara y arriba o al lado globito con texto. Todo sin atrás y sin delante de. Todo así como se ve. Todo es esto que está acá enfrente ya. Y andar, andar en la noria; no descansar es inteligencia hoy acá.&lt;br /&gt;Hay dios acá también, acá está: todo esto que está acá ahora ya blanco negro es dios. Dios es Ahora Acá.&lt;br /&gt;¿Y cómo son por acá? Acá, habitando casas no como cubos sino como cuadrados. Diálogo infinitivo impersonal. Sin matiz, tiempo, persona. Pintar es hacer raya.&lt;br /&gt;Aclarando: acá longitud altura hay, haber hay. Hay largo y alto, pero falta el número tres, es todo dos. Por eso todo es acá ahora par. Al alcance de la mano, punta de dedos, todo cuadriculado. Como reflejarse en un espejo (río muerto)&lt;br /&gt;Esto es solo dos dimensiones. Largo, alto. Profundidad no está, no hay, no es. Mundo yuxtapuesto. Sin raíz, todo apoyado en la raya nivel. Dibujo de árbol es árbol acá.&lt;br /&gt;Todo fijo como ando endo ado ido ar er ir. Todo blanco o todo negro. Todo ahora o todo nunca. Memoria tampoco. Música en papeles, Antonio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La realidad, Antonio, empezó a agredirme desde muy chico. Descolocado frente al resto. Una madrugada, yo tenía cuatro años, me desperté y vi junto a mí, sentado en la cama, algo. Era una persona, o más bien el contorno de una persona. Como un dibujo hecho con tiza, o un reflejo en el agua (en el aire). Tendría unos cincuenta años y lo que más me llamó la atención y todavía tengo grabado es que tenía anteojos. Unos anteojos comunes, vulgares, que desentonaban con su aspecto general. No parecía ser un ángel bueno, no daba el phisique du rol; ni un demonio, lucía una tímida y bonachona sonrisa. Estuvimos largo rato mirándonos sin decir ni hacer nada. Podía ver a través de él la ventana, el gran ropero provenzal, sin distorsiones, nítidos, callados. Nunca más volvió a aparecer, aunque siempre lo esperé. Quizás fuera un mensajero de algún lugar de dos dimensiones, pienso ahora. Tal vez de muchas dimensiones y yo lo veía así. Me infundió una inmensa sensación de paz su figura exótica con anteojos de barrio.&lt;br /&gt;Por supuesto que no dije nunca nada a mis padres. Qué lindo, era tu angelito de la guarda. Portáte bien, eh!&lt;br /&gt;Quizás todo esto que los demás no ven o simulan no ver o ven y no lo dicen, y yo sí, provenga de una excesiva sensibilidad. Una receptividad enfermiza. Pero de todos modos, que yo sea hipersensible, Antonio, no niega lo que ocurre alrededor. La hipersensibilidad, en todo caso, no es una mentira, sino recepción más sutil o anticipada.&lt;br /&gt;El primer recuerdo que tengo es un techo blanco, con friso, y una gran cama con una colcha trabajada en bordó y verde. Yo estoy acostado boca arriba. Por averiguaciones que hice (era en una casa de mis abuelos paternos) yo tenía allí, a lo sumo, Antonio, seis meses. Por momentos se me viene encima con tal fuerza ese recuerdo que se hace presente. No vívido o fuerte o como si lo viera. No. Actual. Estoy echado de espaldas sobre la cama y todos mis sentidos sirven solamente para ver la blancura ornada del cielorraso y la frondosidad donde yago. Intento en esas ocasiones abstraerme pero estoy vacío como si faltaran segundos para dormirme.&lt;br /&gt;El entorno es un enorme boxeador de peso completo y yo un alfeñique que se tapa la cabeza con un diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acá transmitiendo desde mundo plano. Por ondas planas de electro plano. Raso, chato, horizontal, lineal, sin pozo, cima con c, sima con ese, relieve. Hay brillos de mucho brillar. Luces de bambalinas, no de estrellas. Carteles rojos sobre muros grises. Acás esta cerca dolor de muelas, rechinar de dientes.&lt;br /&gt;Todo monótono, Antonio.&lt;br /&gt;Cárceles cuadradas, triangulares, círculos.&lt;br /&gt;Sintaxis sin subordinadas. Nada es sutil. Todo neutro. Bondad, no complicar. Santos ineptos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las puertas se van cerrando en torno. Brutalmente. Son macilentos bloques de madera. Dura, vieja, llena de herrajes, oscura. Seguramente están apolilladas pero se ofrecen como perfectas a los ojos descuidados.&lt;br /&gt;Y en la barbarie císmica de su ritmo, hacen saltar los goznes.&lt;br /&gt;Pero algo pasa ahora. No, aquí hay otra cosa. Distinta. Se abren hacia el otro lado, desbordan el marco. Casi agradables. Como movidas por un viento de flauta traversa. Sencillas, nuevas, enteras. No son románticos violines los que suenan. ¿Estás oyendo, Antonio? Son esas quenas del norte. Pegaditas a la tierra, aéres como el cóndor que pasa. Y es sólo un dulce silbido vegetal el que mueve las puertas abriendo lugares nuevos. Es nada más un instante. Un largo segundo que no existe. Todo vuelve ahora a la dureza anterior. Las puertas son de nuevo cachos bastos de madera bruta. No hay quenas.&lt;br /&gt;Pero no veo a nadie. Estoy solo, encajonado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay luces como piedras. Ojos espejados. Orejas ecos. Tacto de hormigueo. Sensibilidad de quesos. Música toco-toco. Cocorococó. Hormigas en manos. Reberveración en oídos. Azogamiento visual. Piedras son luces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sufro un enterramiento prematuro.&lt;br /&gt;Afuera, los vivos pasean su humanidad. Ríen, lloran, aman. Acá, dentro de los ataúdes, solo veo multitudes de gusanos y huesos blancos que ya no soportan el leve peso de la carne. Y yo vivo aquí. Vivo mi muerte sin que nadie me oiga gritar ni golpear las paredes ni rasguñarme la cara. Salvo vos, Antonio. Creo que sos mi medium.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo se aquieta acá, Antonio, en el borde del acá (siempre acá). Manchas raras mueren encima del ahora aplastándolo más. Monstruitos torpes con carteles rotos muriendo tontos arrasando todo más aún. ¿Puede existir un mundo de una dimensión? ¿con gentes con almas y sueños de una dimensión?&lt;br /&gt;Los monstruitos más planos de historieta se mueren en una raya solamente.&lt;br /&gt;¿Y ahora comenzará todo de nuevo pero mejor? ¿o seguirán los silogismos de glucosa, el pensamiento contranatura, diccionarios de misterio donde flor es amor y niño cariño? La ciencia del alma creará fórmulas para la sonrisa. Por supuesto lengua ecuménica. Por supuesto gobierno planetario. Hermosísima vida babeante jadeante reptando en la arena. Inhalaciones de beatitud. Amistades palpables. Amor de apilar.&lt;br /&gt;El paisaje:&lt;br /&gt;Almas maleables. Pluralidad deshabitada. Multitud inanimada. Cantidad vacía. Infértil abono.&lt;br /&gt;Las horas:&lt;br /&gt;Inundación de pentagramas muertos. Traca traca la campana. Pájaros toco toco. Arquetipos sordomudos. La realidad orzuelo. Intestinos color. Tumores color. Grabadoras de aromas. Degustación de toscas. No verbos. No adjetivos. Inyecciones bucólicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio, explotó mi departamento. Bluuum. Los bomberos no pudieron hacer nada porque no notaron nada. No sé si existirá alguien que hubiera logrado salvar mi casa. Alguien que al menos me asegurara mi propiedad.&lt;br /&gt;Estaba sentado, ayer, mirando por la ventana, distraído como no lo había estado desde la niñez. En otra cosa. En la observación ingenua o idiota de lo que está afuera de mí, en mi periferia o circunstancia. Divertido como una vecina ante la vidriera. Con la ñata contra el vidrio gozando con los juguetes que cantaban "con tantos chicos afuera, qué hacemos en la vidriera", cuando sentí una explosión a mis espaldas: hubo un leve crujir de ladrillos y madera, un chirriar de fierros.&lt;br /&gt;Y en medio de un humareda brusca aparecieron ellos con sus nubes. Primero me sonreí, luego me sorprendí. Finalmente volví a una tranquilidad que no creo haber tenido nunca. Una tranquilidad llena. La neblina se me fue despejando a medida que pasaban de no sé qué mundo fantástico al ambiente familiar de mis tribulaciones. Entonces hubo frases melodiosas pero caóticas que profería cada uno de ellos o cada grupo. Todos cantaban como en los momentos previos a un concierto, antes de la batuta ordenadora. Todos prefiguraban retazos buscando la unidad. Había frases en distintos idiomas, nuevos o muertos, y en un rincón -junto al espejo del ropero- alguien con lentitud honda musitó "latens deitas", mientras surgían sólo el viento te harán sentir, the night before y una música sin voces pero llena de voces junto a una multitud que se me perdía, todo en mi departamento, en la impotencia de abarcarla.&lt;br /&gt;Sonó la batuta tres veces mientras las músicas diversas y las voces diversas se convertían en universales. Todo el principio, Antonio, se borró o no funcionó el grabador o no fue exactamente audible. Después de una especie de murmullos que borré al grabar esto, empieza lo de ayer:&lt;br /&gt;...acá hay mucha gente. La habitación parece no tener límites. Las multitudes se agolpan y apretujan hacia la lejanía como extras. Un doloroso murmullo se balancea sobre las cabezas de miles y miles que ESTAN JUNTO A MI. Poco a poco las guturaciones se armonizan en un himno que... que me resume mi historia y la de otros como yo.&lt;br /&gt;Un himno que ruge, y duele, Antonio, y cuyas notas trompean y dan patadas de santa furia. Y mientras te cuento con mi lengua, todo el resto está inmerso en adoro te devote. Pero a pesar de la garra hay una tremenda dulzura. Tiene todo el dolor y toda la bronca por la injusticia y todas las lágrimas de ternura. El himno de los que sufren sufrimientos abismales. Visus, tactus, gustus, in te fallitur, sed auditu solo, tuto creditur. No sueño con serpientes, con serpientes de mar, sino que están aquí la voz que las canta y que me susurra casi acerada de bronca que las serpientes en sus barrigas llevan lo que pueden arrebatarle al amor, lo que puede arrancarle al hambriento de ojos tristes.&lt;br /&gt;La multitud me está haciendo vibrar. Cada uno de los miles que cantan toma uno de mis nervios, una neurona, un pedazo de mi piel, una raiz del pelo y me los SACUDEN. Aquel trenza mis fibras y las tañe, este toca el tamboril sobre mis glóbulos. Todos toman mis recuerdos y los cuelgan al viento y el viento los hace flamear, arrancarse de las sogas y remontarse como barriletes. Una voz me castiga y descubre llorando conmigo en un abrazo que LOS SUEÑOS PERDIDOS ME DUELEN AHORA CUANDO YA NO ES HORA DE QUERER SOÑAR. Y con otro más entrelazados, decimos APENAS QUISE PONERME A SOÑAR ME MANOTIARON EL SUEÑO. Y ahí viene otro, nos abarca a todos, los cuatro cantamos NO ES QUE NO VUELVA PORQUE TE HE OLVIDADO, ES QUE PERDÍ EL CAMINO DEL REGRESO.&lt;br /&gt;Y nos sumamos a una lucidez más clara que la de un pobre oficinista, la lucidez del que está al borde de la locura por culpa del mundo, la quijotesca lucidez de ver gigantes y adorar a una inexistente Dulcinea. Y ahora acá lo noto. Lo estoy viendo, acá solamente hay personas. Este es mi aleph. No geográfico ni cuantitativo sino musical. Aquí alguien me canta al oído EL GALLO PINTO SE DURMIÖ Y ESTA MAÑANA NO CANTÖ, TODO EL MUNDO ESPERA SU COCOROCO. Y todo es coherente, Antonio, todo reúne ilógicamente lo dispar; lo traba y armoniza.&lt;br /&gt;Siento como este criollo que los otros, los de afuera, me han colgado de la pared y yo soy, quizá yo solo, tal vez no sea solamente yo pero es individual, cada uno, TESTIGO DEL ZAFARRANCHO, como aquel sueño... en este sueño que aquí se aproxima: estoy haciendo la conscripción pero nos han mandado a todos a un potrero vacío donde jugamos al fútbol. El sueño no es ahora sueño, está pasando ahora-acá. Este chiquero que no veo sino que está aquí mientras lo pienso. El partido consiste en algo absolutamente planeado de antemano para lucimiento del teniente. Yo la agarro acá, te gambeteo así, ¿ves? La levanto y a vos te hago un sombrerito, la bajo acá, me sale el flaco aquel, vení che, ubicáte en tu lugar, te hago un caño. ¿Listo? Sí. Después de varias horas de practicar bajo sus puteadas, no sale a su gusto. ¡De frente, marchen! Es el amanecer. El la toca, nos goza, se la cree, nosotros caemos, nos enchastramos en el barrial. Vomito. El estómago se me sube hasta la lengua, lo largo abriendo brutalmente la boca y sale a rebotar por la canchita. Me doy vuelta como una media y luego huyo de asco. YO FORMÉ PARTE DE UN EJÉRCITO LOCO, TENÍA VEINTE AÑOS Y EL PELO MUY CORTO, PERO MI AMIGO HUBO UNA CONFUSIÓN PORQUE PARA ELLOS EL LOCO ERA YO. ¿Así harían la guerra, Antonio? Todo es escenario y me pongo la galera, zapatillas, smoking porque para ellos el loco era yo, empiezo a saltar y bailar aunque DEBERÍA SER FORMAL Y CORTÉS cortandome el pelo una vez por mes. Pero I' m a looser . It' s been a hard day's night. Vos dejá que algún chabón chamuye al cuete que pasó el tiempo del firulete. Y sigue el circo. Pero escuchá, escucha, Antonio, prestáme mucha atención que no hay escenario ahora donde todos bailamos ya y chivamos a lo loco y revoleamos los zapatos. De pronto ya todo quedó sin paisaje, la nube que vuela, el tiempo de amar, y todos queremos correr sobre una autopista que tenga infinitos carteles que no digan nada. Queremos quemar de a poco las velas de los barcos anclados en mares helados porque los sueños perdidos nos duelen ahora cuando ya no es hora de querer soñar. Y el conjunto de suplicantes implora Quiero ver, Quiero entrar. Quiero estar contigo nena. Porque when I'm home everything seems to be right, qué ganas de encontrarte después de tantas noches, qué ganas de abrazarte, qué falta que me hacés . Salí tras ti clamando y eras ido. Espera que las sombras se hayan ido, nena. Tal vez esta sea la noche anterior y ahora sólo estemos en la calle de las sensaciones.&lt;br /&gt;Del fondo de la multitud surge un gorjeo matinal que va creciendo y multiplicándose en bocas que primero balbucean y luego gritan TIEMPOS VIEJOS, CARAVANA FUGITIVA, ¿DÓNDE ESTÁN?&lt;br /&gt;Y una explosión derriba nubes de mármol y destrona vientos de hielo con un himno que grita que el mundo fue y será una porquería ya lo sé y la multitud se pone ordenadamente en movimiento, me da la espalda hasta lueguito con su rencor, mi viejo rencor, no repitas nunca lo que via decirte, rencor tengo miedo de que seas amor. Rencor estoy seguro de que sos Amor. Y antes hubiera quedado triste, fané y descangayado, con ganas de llorar en esta tarde gris, pero ahora no estoy solo, all together just now, over me...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio, ahí tenés todo grabado. Tenés el murmullo de la multitud, el rugido de bronca sin respuestas, el candombe de alegrías a pesar de todo. Habrás podido escuchar los zapateos del bailongo al que nos arrastró la melodía, el repiqueteo llorón por nuestras cuitas. Todo esto fue más real que la realidad. Esa es la realidad. No lo otro: lo otro, lo que nos envuelve es un mal dibujo, y una copia estúpida y sin matices, y una película contada, y una historia narrada por un idiota, y un sintetizador de la música de las esferas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hola. Ya cené. Y vos, ¿no habrás comido papas? No? Realmente poético, hondamente lírico lo de las papas. ¿Te acordás, paparulo?&lt;br /&gt;Hace un rato bajé a la rotisería a comprar fiambre, al fiambre, y me topé a la vuelta, en el ascensor, con una vecina del noveno, justo el departamento de acá abajo, que me contó aún impresionada la visita y robo que le tocó en yeta. Parece que entraron dos o tres tipos, sin forzar la puerta, y se pasaron el fin de semana acá, sabiendo que la pobre mujer viajaba a ver a unos parientes. Por supuesto se tomaron todo, le vaciaron la heladera, le despelotaron toda la casa. "Vaya a saber las barbaridades que hicieron, metí todo en el lavarropas por las dudas" dijo, y estuve a punto de preguntarle si el colchón también, pero contuve mi estúpida sorna a tiempo. A pesar de todo, incluida la previsible exageración, debe ser espantoso que se te hayan metido y vivido en tu casa, así. "Me da asco tocar cada cosa". Calmesé señora. Y cómo quiere que me calme, m'hijito, si esos repugnantes manosearon toda mi casa. Y además ahora cuando abro un cajón, cuando busco una ropa, ay Dios, pienso que otros se metieron en lo mío, en mi vida y...&lt;br /&gt;Cuánta razón tiene, señora, cuántos ladrones se nos meten a vivir adentro, en los recovecos, y nos toquetean los recuerdos, manosean amores, ensartan los sucios dedos en mis llagas. Cuántos nos invaden el íntimo reducto, nos ocupan y espían...&lt;br /&gt;-Realmente repugnante que se metan en lo único que tenemos, en lo único que nos pertenece.&lt;br /&gt;-Ya veo que usted me entiende, joven... gracias. Dijo, entrando en su departamento. Y cuando me disponía a subir al décimo porque bajé con ella en su piso enfrascado en la charla: "cualquier cosa que necesite, venga. Si no nos ayudamos entre nosotros en estos trances..." Gracias, respondí y subí las escaleras pensando en el abismo que hay entre sus invasores y los míos, y en la gentileza y caridad que me ofreció inútilmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me siento cansado, abrumado. Las espaldas se me quieren caer para adelante, se me vuelven del revés como pulóver. En la cabeza siento un dolor generalizado. No, no me duele, no me duele la cabeza; la tengo cansada e hinchada, llena. Los músculos, neuronas, nervios, huesos, arterias, venas, cabellos, ojos, están agobiados de haber visto, peinado, movido, trabajado tanto. Tengo el dolor del cansancio, ¿qué aspirinas y genioles podrán curar estos traumatismos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy árido. Cada semilla que tenía acopiada se me ha convertido, Antonio, en un grano de arena. Había en mí un semental fructificable. Capaz que mis futuros árboles sólo hubieran sido cardales o cañas de la que algún pibe hiciera barriletes. Pero ahora, qué hago yo con este erial de innúmeras células muertas. Solamente esperar que recorran fatalmente mi reloj de arena, o tal vez quede la esperanza de hacer con ese vino agrio e intomable un vinagre bueno. ¿Se puede todavía sacar de los desiertos la materia para un vitral?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta mañana me propuse un viaje al interior. Mirarme por adentro. El grabador está en el centro equilibrante.&lt;br /&gt;Vuelvo a proponérmelo. Los ojos se extinguen de habitación, ventanal y mesita se absorben como en un agujero negro. La ciudad entera va ascendiendo como la cortina metálica de una carnicería para mostrarme sus vísceras acresadas de moscardones. Los ojos se bajan o levantan dándoles al mundo idiota, el blanco idiota del cristalino. Blancos de mortaja los ojos, vuelven la espalda indiferente.&lt;br /&gt;No hay luz.&lt;br /&gt;No quiero mirar para atrás -para afuera. Todo ha girado y me encontré repentinamente con una oscuridad que me hace lagrimear.&lt;br /&gt;Extiendo tímidamente un dedo (nada), abro con temor la mano que tenía empuñada (no), estiro el brazo recto, directo, agresivamente hacia delante (ALGO: siento que mis dedos acarician mis arterias). Extiendo el otro brazo y descorro mis venas superficiales, son lianas. Estoy en la selva. Noto ahora que la música que dejé afuera me ha abandonado. En mis oídos se introduce lenta, torpe y dolorosa la partitura. Entran raspándome graves corcheas y bamboleantes semifusas.&lt;br /&gt;Estoy en mí, procreándome.&lt;br /&gt;Los ojos se acostumbran paulatinamente a la negrura. No es tal sino exceso de luz.&lt;br /&gt;Hay muchos mundos, pero están en este.&lt;br /&gt;Por probar nomás, voy a exclamar mi grito. Veo palpitar las neuronas, alejarse y volver bruscas (¡ahora!). Me han cacheteado admonitoriamente.&lt;br /&gt;Ordeno a mi rodilla derecha erguirse y al pie adelantarse suavemente, sobre patines en un piso encerado. Me estoy moviendo, me estoy recorriendo sin dolor.&lt;br /&gt;El padre de mi tío nos contaba para que mi primo y yo nos quedáramos tranquilos unos minutos, la historia de su operación... ¡Acá está con nosotros, don Carlos! Acá está Juan tironéando de mi camión. Largáaa. ¿No pueden jugar sin pelear? Fue él, tía... salíiii. Bueno, basta de gritar, carajo. Si empezó Juan, te doy una piña en el ojo. Epa, salúte la barra, ¿qué pasa? Fue él, don Carlos, no tarado fuiste vos. Paren, escuché que se iban a pegar en el ojos y me acordé: ¿les conté lo de mi operación del ojo? Resulta que me lastimé este ojo, ven. Y tenían que sacármelo para arreglármelo y ponerlo de nuevo en su lugar. ¿Sí? ¿No? ¿En serio? Sí, y cuando en la sala de operaciones el doctor me sacó este ojo y lo puso arriba de una mesita blanca, yo veía mi ojo allá y me veía acá mismo mirándome el ojo. ¿Sí, abuelo? No bobo, son macanas. Es cierto. Salíii. Andáaa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer y hoy salieron en el diario comentarios sobre el tigre del zoológico. Parece&lt;br /&gt;que se muere en cualquier momento. Me conmocionó la noticia. Es que se me va irremediablemente mi pasado feliz de chico con helado paseando entre árboles y jaulas . De asombro ante la magnitud incomprensible del elefante buenazo o de un hipopótamo feísimo que se asoma a la flor del agua. Con él se me mueren la bicicleta, los partidos y piñas interbarriales, el robo de frutas al tano cabrero, escapadas al monte de eucaliptos. Y sobre todo la ingenuidad, ay Mambrú qué dolor qué dolor qué pena. Se muere el gurrumín. Pero se muere, se muere, Antonio. Se me muere el hilo que todavía tenuemente me ataba a él. Sólo me queda un recuerdo helado. Una película que me gustó diez años atrás y ahora es una pavada.&lt;br /&gt;Hace calor, voy a abrir la ventana...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora entra un vientito cálido que te da una extraña sensación de frescura. Como si el cuerpo incendiado se arrojara a una pileta de agua caliente.&lt;br /&gt;¿Oíste ese portazo a mis espaldas? Fue mi niñez. Hasta no hace mucho había una rendija por donde se colaban emociones viejas. Ahora hay un vidrio triple. Con la agonía y muerte del tigre, todo se me va muriendo inexorablemente.&lt;br /&gt;Los encargados del zoológico le comentaban al cronista del diario que estaba resignado a morir. Fijáte vos, Antonio, se arrancó las vendas y los puntos que le hicieron para curarlo. Naturalmente arrasó con esas extrañezas que intentaron prolongarle una vida acabada. Conejos de Noruega se arrojan al mar para preservar la especie. Se suicidan porque no alcanzan los alimentos.&lt;br /&gt;Mi niñez se ahogó. Y el remanso de los juegos dio paso a nuevos juegos más peligrosos y menos divertidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio, tengo una descompostura espantosa. Hace tres días que me la paso vomitando. Lo más extraño del asunto es que digiero la comida pero a la noche me despierto sobresaltado y tengo que salir rajando al baño. Y nada, che. Vomito bilis. Me vuelvo a acostar y un par de horas después la misma historia. No importa que coma papilla y caldo o una milanesa de la terminal de micros. Da lo mismo que tome leche, agua, whisky, hormiguicida. Lo llamativo es la periodicidad: prácticamente una vez por mes. Hace un año, no, dos años, me asusté y fui a ver al médico. Que esto, que aquello, que será una úlcera, que será el hígado que será nena que será varón. Será lo que deba ser. Total, que perdí tiempo y sobre todo dinero. Primero un clínico, después un gastroenterólogo, después. Cosa rara el cuerpo de uno, decía mi abuela.&lt;br /&gt;El miedo me lo curé cuando por otra supuesta enfermedad me saqué la licencia en el trabajo. Fue así: me descompuse un día en pleno laburo y me llevaron al gabinete médico. Me atendió un muchachón aburrido por los camelos que se inventan en cualquier empresa o repartición para escaparse un par de días. Nos pusimos a charlar y después de darme algo así como Reliverán o similar, me sentí mejor y siguió la conversación. El tipo estaba chocho por tener con quien hablar un poco y que no fuera un viejo pesado de contaduría de los que se enorgullecen del tamaño de sus cálculos y bolos, ni tampoco un piba piola de mesa de entradas que quiere sacarse un jueves y un viernes con un mohín seductor. El doctor me dio cátedra de otros caso similares y en tren de confianza yo le conté. Y ahí fue que me dí cuenta. En medio de mi declaración me avivé. Bueno, no vayas a creer que descubrí la rueda. Una pavada, nomás. Pero para mí fue un hallazgo que de tan evidente me sorprendió. Y a él lo dejé boquiabierto. No sé si ya te hablé de esto, Antonio, se podría llamar sinestesia. A menudo me pasa, te la hago simple: oigo colores. Veo perfumes. Y todos los etcéteras sensoriales que se te ocurran. ¡Cuando le conté al médico! Lo tendrías que haber visto, entre la nariz y la comisura derecha le latía la piel. Algún nervio dormido desde sus épocas de universitario que se le despertaba con el recuerdo libresco. Recompuso el rostro aunque el tic le siguió unos instantes. Mientras esto le ocurría yo estaba lo más pancho. El tipo me dio seis meses de carpeta siquiátrica, previa presentación de electros y estudios que te ahorro. Yo quería a toda costa conseguirme una hoja grande de diario y hacerme un sombrero napoleónico, sacar la lengua de lado, caminar a lo Chaplín, de todo para hacerlo feliz dandole un cuadro completo: no solo lo que él había visto en los libros, sumarle la televisión, los chistes gráficos y el cine de Curly, Larry y Moe. Lo que se dice una historia clínica completa.&lt;br /&gt;El pobre galeno no entendió que la droga está en el paisaje y la esquizofrenia y la neurosis en el mundo físico, no en mí. Si le hubiera dicho esto me habría dado dos años de licencia con goce de sueldo, viáticos y premios por cada recaída.&lt;br /&gt;Si prendo la tele y siento olor a mierda mezclada con un incendio en una pinturería, ¿soy yo el loco? Si miro un cuadro de dos pesos y oigo los gritos desenfrenados de la inquisición y los hornos crematorios y el amor de una jauría de gatos, ¿estaré yo loco? ¿La lija gruesa en mis ojos, se cura con Valium, camisas de fuerza o Siberia?&lt;br /&gt;El mundo exterior me está gritando desenfrenadamente, patético a los ojos; me está quemando las papilas de mis orejas; las yemas y las mejillas saben desquicios y oyen voces cavernosas. No soy yo el loco. Las cosas están sobresaltándose, mostrando sus ánimos, sus almas, hartas de la indolencia de este ser inanimado llamado hombre. Los adoquines forman en las calles paisajes sangrientos que varían cada mañana, cada tardecita. Es más, en ciertas avenidas, por ejemplo en 44 entre 14 y 15, si te sentaras en la rambla podrías ver escenas de asfixia.&lt;br /&gt;Las piedras y las viejas vías y las maderas y los alambrados y los bancos de las plazas y las rocas de la luna están excitadísimas y te aporrean en cada esquina. Las sombras se violentan. Porque el hombre es una pelota playera multicolor y fofita, que se la lleva la brisa más suave para allá, la trae el vientecito para aquí. Se pincha de nada. Eso es el hombre. Eso somos.&lt;br /&gt;La cosa más pelotaria, pelótica y pelotuda que se te pueda ocurrir. Meta rebotar nomás. Poing poing. Fofitos, poing. Blanditos. Poing. Inconsistentes. Poing. Con incontenibles ansias de trascendencia que nos llevan a elevarnos hasta platónicos tres metros de altura. Poing. Poing. Poing. Con una fuerza interior -un poing-, un alma -o poing-, un ánimo -también denominado poing-, un hálito y un aliento -dos poings- capaz de ser exhalado si chocamos con otra pelotita o con una piedrita o con una plantita. Poing.&lt;br /&gt;Es para la gran mayoría de pelotita un espectáculo hermoso, tiene muchos colores , no te da zozobras. Transmitido toda la jornada por los canales capitalinos y más de dos millones de repetidores en el interior y exterior del planeta. Poing.&lt;br /&gt;Te dejo un rato, Antonio, me han venido ganar de recargar mi alma: bajo rebotando al kiosko a comprar cigarrillos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras subía en el ascensor venía pensando en que no te di a conocer mi súper hallazgo. ¿Qué fue lo que descubrí mientras el doctorcito azorado recorría las imágenes de sus prestigiosos testuces medicinales, eh?&lt;br /&gt;Estas descomposturas mensuales que ocupan el diez por ciento de mis días son un magnífico sistema de autodefensa. La enfermedad que yo debería contraer es cáncer de estómago o adyacencias, provocado por el bombardeo de un contexto agresivo que trata de mantener sus acciones en el anonimato hasta el momento indicado. La bilis, aliada de mis pensamientos, sale a blandir su corrosiva espada a mi favor. ¿Y de qué libro podrán estudiar esto mis queridos aprendices de brujos? ¿O me van a curar con hepatalgina, papafritas?&lt;br /&gt;No sé cuánto tiempo durará esta heroica resistencia. ¿Cuándo caerán mis murallas ante las trompetas de Jericó que interpretan los alrededores? Solamente espero poder conservar el ánimo hasta que te advierta todo lo que debo.&lt;br /&gt;Algo así como lo que, según los yankis, hacen los rusos con los enemigos del sistema: los acusan de locos. Y es completamente lógico el razonamiento: si el comunismo es el paraíso terrenal, los opositores están chiflados. El infierno, o al menos el purgatorio, de la troika balalaika es Siberia. Allí pueden realizar su descenso ad inferos los solieniskys. Como antes fue para los nazis el horno. Como hoy es la teve para el orbe consumista. Todo sistema tiene, por absolutista, su consecuente loquero.&lt;br /&gt;Si quieres, amigo mío, realizar tu canto sexto y descender al Reino de las sombras; si tú, joven argentino, entre dos y ochenta años, quieres mandarte una katábasis de puta madre, sólo debes poner en marcha la magia de la televisión. Okey, allá vamos al camión de interiores, cambio y dentro. Muy bueno su descenso. ¡Fueerrteee ese aplauuuusoo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre aprendí siguiendo dos procesos no excluyentes. En primer lugar me enseñó mucho la observación. Te advierto desde ahora, Antonio, que esto va a sonar pedante. Viendo una película con un buen actor, sé que me podría convertir en un intérprete medianamente bueno. Me he destacado jugando al fútbol (en cualquier puesto), al básquet, al metegol, las cartas. Todo por saber mirar. Aprendí a nadar solo, mirando. Un día en el club, me tiré a la pileta y conteniendo el aire, echado de vientre, floté. De ahí en más llegué a nadar todos los estilos, a hacer tres mil metros o cinco mil por día. Lo que me interesa lo aprendo bastante bien con observar a los que saben hacerlo.&lt;br /&gt;La otra punta del ovillo está en ser loco. Imaginar, improvisar, trabajar frente al espejo. Tirarse a la pileta, solo. Mirarse a uno mismo y corregir, ambas cosas son muy útiles. Pero, hay algo que aclarar: no soy pedante, sé que hago bien todo eso porque hay algo que me ayuda y que está clavado en mí. Como otros saben hacer dinero, ser felices, ser estúpidos, sabios... porque llevan el estigma de la avaricia o la beatitud; yo soy un ser mimético. Mimético primero, después creativo. Llevo la semilla de SER muy ahondada. Copio nutriéndome. No imito todo. No calco lo exterior. Trato de absorber la esencia. Pero ser YO es terrible para VOS. Hay que ser ESO, ni YO ni NADA. Ser eso es fácil, cómodo, no jode. Ser eso cada día estimula y sienta bien. Ser YO es terrible porque para el otro significa que yo soy YO, no TÚ o lo que el otro quiera. Yo no cabe en los escaques que le dictamina el otro. Yo crea sus reglas de juego. Si quiere camina como peón para saltar después como caballo o se hace reina. Ser YO es muy doloroso, pero es lo único que podemos hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay días durante los que la gente no se va quedando quieta como en cámara lenta, ni la plaza se vuelve amarillo gris y me tiñe el mundo. Durante esos días las caras de los individuos no manifiestan su verdadero rostro imbécil.&lt;br /&gt;Pero siempre pasa algo. Siempre ME pasa algo. Siempre ocurre algo que por sí o por niente me quita el sueño. Cuando todas esas cosas no suceden, cuando la realidad física no se llaga con mis manos ni se pegajosea, aparecen las fotos.&lt;br /&gt;¿Viste, Antonio, cuando en una revista trucan una fotografía y le ponen a un cuerpo una cara que no corresponde? Exactamente eso me pasó esta tarde.&lt;br /&gt;Ese cuerpo que va ahí corresponde a esa cara que viene por enfrente montada en una cobertura de traje como muñeco de torta. Esos rasgos finos y ese pelo descuidado no van con las manos, cuello y piernas.&lt;br /&gt;Hay algo, es todo, que no encaja. Hay alguien, tal vez nosotros mismos, que hemos seccionado a las personas y les hemos mezclado los pedazos.&lt;br /&gt;Acá hay millones de rompecabezas con las piezas en cualquier caja.&lt;br /&gt;Fatalmente ellos no lo notan.&lt;br /&gt;Yo, sí. Fatalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me parece que la luna se va poniendo roja de vigilar las mareas y las menstruaciones de un planeta semirroto en su ecosistema, masturbado en su espíritu. El sol se enfría día por medio y se apagará sin duda mucho antes que los millones de años que le otorgan los científicos. Y se muere porque es insoportable andar creciendo las plantitas y que te las pateen los atilas y que se las morfen solamente los cresos y que te las imiten burdamente los mercurios. Es que en este partido la Luna y el Sol se repliegan ante la maldita ley del orsái humana. O tal vez haya algo más allá de los inquilinos del planeta y sea la mismísima tierra la que va frenando su órbita o la va acelerando desmesuradamente y deja descolocados entre días largos noches largas días-noches bruscos, al resto de los jugadores del enorme estadio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensar, Antonio, que el hombre se sintió orgulloso creyendo que el universo giraba a su alrededor. Se sintió y más o menos se siente ahora también, y supone que las estrellas van dando vueltas ancilares en torno a esta maravilla de gran bóñiga. Pensar, Antonio, que nuestra galaxia está en la liga amateur. Y nuestro sol, una estrellita de morondanga en un lugar de morondanga en una galaxia de morondanga. Y alrededor de esta pequeña estrella, un planeta chico con una semivida que se esfuerza solamente por hacerlo pelota. ¡Y para colmo, somos latinoamericanos! El inodoro del globo, según nos hicieron creer. Y para más colmo todavía, argentinos de la Capital. Ni siquiera tenemos el aliciente de un paisaje propio: la desolación santiagueña, el vacío del sur, la inmensidad del agua. Un pueblo frente al río enorme y no sabemos pescar. Sólo nos dedicamos a la bolsa y el curro viviendo de los otros que nos traen la fruta y la carne como los indios a los del fuerte.&lt;br /&gt;Francamente alentador vivir en un rincón minusválido del globito segundón de un sol de quinta en una galaxia tonta. Ah, a eso sumále que esto no es la Grecia heroica, ni la Jerusalén de Cristo, ni la Edad Media de los juglares, el Renacimiento de Leonardo... Es, iba a decir la Edad Media de la Inquisición. Iba a nombrar el Taigeto, los esclavos, pero ni siquiera somos eso malo grande. No. Somos el siglo veinte cambalache, del sacro chicle y el magno consumo de huevadas.&lt;br /&gt;¿Cómo está el clima?&lt;br /&gt;Fenómeno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el partido es un empate penoso. No hay tiros en los palos, ni arqueros voladores, sino ocho mediocampistas que se encadenaron al círculo central. Los minutos se dilatan.&lt;br /&gt;¡La hora, referí!&lt;br /&gt;Un pelotazo de cuarenta metros cae sin ganas en las manos del arquero allá lejos del arco, en un extremo lateral del área grande, llena de minas antipersona. El arquero le pega un patadón, la bola cruza toda la cancha y cae como en espejo en las manos del arquero allá lejos del arco en un extremo lateral del área grande.&lt;br /&gt;En la tribuna no hay hinchada. Sólo consumidores de coca y panchos.&lt;br /&gt;El relator se desgañita e inventa mil metáforas, trae estadísticas, compara, recuerda, anima. Por eso la gente tiene pegada una radio a la oreja y no mira el partido que tiene ahí.&lt;br /&gt;El árbitro, Antonio, se apiada de todos nosotros y pita tres minutos antes. Pero, lamentablemente, hay un alargue reglamentario. Por muerte súbita.&lt;br /&gt;Un final de gol gana donde nadie hace un gol. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9100787921220061487-3382555414305206647?l=jorgegoyeneche.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/feeds/3382555414305206647/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/2010/09/toda-la-delantera-en-orsai-ed-ultimo.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9100787921220061487/posts/default/3382555414305206647'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9100787921220061487/posts/default/3382555414305206647'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/2010/09/toda-la-delantera-en-orsai-ed-ultimo.html' title='Toda la delantera en orsái (ed. Último Reino, 2001)'/><author><name>Jorge</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06650587153800926865</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/Sj6fakb-lNI/AAAAAAAAAAY/oaGHzBNHpe0/S220/DSCI0001.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/TIAC0T8cWWI/AAAAAAAAABY/Ehd6MHo41-c/s72-c/Toda+la+delantera.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9100787921220061487.post-3976352142295461413</id><published>2009-07-08T07:23:00.001-07:00</published><updated>2009-07-24T06:42:40.699-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Almirante de sal (novela breve)'/><title type='text'>Novela breve ALMIRANTE DE SAL</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:verdana;font-size:180%;"&gt;Almirante de sal&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(accesit primer premio novela breve Katharsis)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jorge Goyeneche&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dedicada a &lt;strong&gt;&lt;em&gt;Juan Bautista Duizeide&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt; que ama por igual el mar y los libros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;Su abuelo le contaba historias de los papas. En la época en que nadie se alejaba más allá del sonido del campanario, él, un niño aún, era llevado en largas caminatas por la costa y se acostumbraba así a la visión del mar y la distancia. El viejo Juan Fontanarrosa vio de niño al Papa del Mar que al llegar trajo alegría y al irse dio paso a la peste. Por los acantilados, frente a las aguas, el niñito señala el mundo líquido. Él está sobre los hombros del abuelo y el viento creciente le flamea los cabellos. La tormenta moviliza los bosques a sus espaldas y se arremolinan sales, tierras y hojas. La lluvia se precipita sobre ambos, como un alud de plumas. El viejo y el niño aún siguen siendo un solo ser con dos piernitas y dos bracitos extras a la altura de los hombros curtidos. El abuelo, entre preocupado y divertido, galopa con su nieto en ancas buscando refugio en una especie de gruta.&lt;br /&gt;El dieciséis de mayo de 1405, en una pequeña y lucida escuadra naval llegó Benedicto XIII, el Papa Luna, el Papa del Mar. Aviñón y sus cardenales le dieron una cabeza al monstruo, la otra procedía de Roma y se llamaba, por entonces, Inocencio VII. Este último era napolitano y el otro aragonés, dos enormes lejanías; pero el papa de Aviñón vino por mar, y eso le daba un aire de heroicidad y aventura épicas que granjeó la simpatía del abuelo. La descripción de las naves, la fiesta en las calles, la bendición del pontífice y las intimidades y comentarios acerca de su estadía en la ciudad fueron combinando el tapiz de la historia que el viejo refirió al niño durante la tormenta, frente al golfo de Génova.&lt;br /&gt;Fue tan vívido el relato de las intrigas papales, la maravillosa huida del aragonés la noche del once de marzo de 1403, escapando del palacio aviñonense por una puerta secreta disfrazado de cartujo con el hábito que, dicen, le facilitó el hermano de san Vicente Ferrer… Se embarcó luego en una nave que lo aguardaba en el Ródano y se dirigió a Chateau-Renard en la Provenza que estaba bajo la soberanía de Luis de Anjou, un buen amigo suyo. De allí a Marsella, luego a Niza, después a Mónaco y Savona, con la intención de caerle sobre las barbas al excomulgado de Roma.&lt;br /&gt;Para completar la maravilla del relato no era necesario referir que al Papa, más que sus enemigos, lo espantó la peste que casi deja sin abuelo al niño.&lt;br /&gt;El pequeño, todo orejas para la historia, era solamente ojos para el mar y la tormenta. Veía, con la nitidez que sólo da la imaginación, el grupo de pequeñas naves que llevaran al de la luna, flotando sobre las aguas, venido del horizonte donde el mar se levanta en cielo.&lt;br /&gt;Dos papas, intrigas, pestes, embarcaciones y fugas, todo oído en la costa, lejos-lejos de casa, rodeado de lluvia y viento fue tan fuerte para la mente del nieto de siete años que se le quedó fijado como un relieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde su ventana se veía el mar. El mar como cielo al que se podría ascender sin esfuerzo en la quebrada lejanía del mundo y el campovisual, el mar como sábana de Holanda para cubrirse del fresco, el mar como llanura donde correr, como acantilado al que asomarse, como serruchos por los cuales fatigarse noblemente. Con los ojos cerrados se veía el mar. Se hacía lluvia de setiembre, brisa del sudoeste. Aparecía robusto en las caras curtidas de sol y pesca. En todo se metía. Su espíritu, la sal, mantenía la carne de los animales en las alacenas umbrías de la casa. Bajo la uñas y sobre la lengua, en el enrojecimiento de los ojos y la gota de transpiración que se encausa por la ceja, se precipita por el costado de la nariz y baña las orillas de la boca de aquellos que se fatigaban con los remos, con los cestos de peces, o aquellas que frotaban la ropa en los riachos o entre las piedras había sal, hija del mar, ánima de la tierra, de los astros descendiente, petrificación del sol.&lt;br /&gt;El mar era el motor. Desde su ventana lo miraba hasta empalagarse. Todos los ruidos provenían de él. El viento era su mensajero, la avanzadilla de su ejército que a veces traía paz o bien arrasaba con venganza embrutecida. El viento y la sal se metían con todo. El mar los enviaba a roer los sueños, dignificar los trabajos, robustecer los cuerpos, arruinar los sembrados de quienes se olvidaban de su majestad.&lt;br /&gt;Estaba en todas partes y en todo instante, como Dios.&lt;br /&gt;La música de los juglares y el canto de los enamorados fue hecho de él y por él.&lt;br /&gt;En la noche, despierto y solo en la casa dormida, el mar le susurraba silbidos y le contaba historias. Mientras sus padres agotados de faenas prolongaban los quehaceres entretejiendo sueños, él miraba a oscuras por su ventana la infinidad de estrellas con su infinidad de mellizas más cercanas y sugerentes que parpadeaban o bailoteaban sobre la superficie de las aguas como si aún Jehová no las hubiera separado de los cielos.&lt;br /&gt;Si el mar era un dios, el abuelo contador de historias era su profeta.&lt;br /&gt;Después de aquella tormenta en la playa, su visión del mar diurno y nocturno, airado o melifluo, quedó impregnada de la historia del papa navegante. Si brillaba poderosa la luna sobre las olas, él recordaba al Papa Luna; si la oscuridad tormentosa o el día pleno vaciaban de reflejos su superficie, él recordaba al Papa del Mar; todo barco que surgiera desde la invisibilidad del horizonte hasta el contacto del puerto era de la flota del aragonés fantástico que huyera con su hábito de cartujo de los palacios que ocultan las aguas. Su ventana era su vida y su idea sola. Y desde su ventana se veía el mar.&lt;br /&gt;Toda caminata se refería a él porque consistía en darle la espalda al viento, presentir su cercanía en la cara, verlo de soslayo tal como si quisiera disimularle su dependencia. Hacia el sur mejoraban las aguas tentando su incipiente adolescencia con las delicias del baño sin tutela. Entre unas matas dejó la ropa, único testigo, y se adentró en una sensación de caricia fresca y sensual. Como si lo miraran las jovencitas enamoradizas del pueblo y lo envidiaran por su arrojo los compañeros de juegos, se arriesgó más allá de lo usual. Era un nadador experto, o al menos eso creía. El agua lo iba amasando y moldeando entre sus palmas, la costa se bamboleaba como una barca enorme y verde, completaba el sol los mimos del agua. Con el pecho hacia abajo se sentía soñar en la madrugada; vuelta la cara al cielo ensueño continuaba con placidez de domingo. Y el mar que había sido toda su vida se convirtió violentamente en muerte. La pierna derecha se hizo haz de nervios anudados, el dolor le hizo desesperar y medio mar se le metió en la boca, la garganta, los pulmones y el corazón batiente. Por unos segundos pensó en su madre buena, su padre trabajador y el abuelo contados de historia con el dolor de irse de sus lados sin la oportunidad de una nueva narración o un renovado beneficio. El mar que lo había sostenido en sus palmas, lo retorció como ropa sucia, le enredó los miembros y anuló todo sentido. La muerte se había vestido de agua y sal. La muerte le anudaba los dedos, picaba sus ojos. El cielo, más que nunca, se llenaba de mar, se fundía con él, intercambiaban lugares. De pronto lanzó una larga bocanada de agua y aire, cesó el calambre y logró recuperar la horizontal. Con más temor encima que agua, con la muerte acechándolo desde alguna gota cercana, llegó a la costa, a media milla de la ropa. Se tendió en la soledad a plena desnudez y fatiga. El mar seguía allí, como si nada. La impresionante situación vivida se transmutó inmediatamente en maravilla, duplicando la atracción que las aguas del Mediterráneo le ocasionaban como fuente de fantasía vital con la reciente demostración de ser también origen de muerte igualadora. De las aguas –pensó- surgía el universo mundo; la sal que conserva y quema, la espuma que despliega el vuelo y se emparienta con el reino de las alas, el placer, las estrellas, una barca lejana montada por el sucesor de Pedro; el mar seguramente sería hijo del mar; la aventura y la muerte y el terror y la risa. Una gran copa, un cáliz sagrado, donde un líquido se transustancia en sangre del mundo, da peces a los hombres, trabajos y fatigas llenos de purificación, verduras y arenas. El mar era el envase de la fantasía y la realidad, de todo lo visible e invisible. El mar para el joven era el dios, un dios azul, tangible, transparente, inmenso; un dios con ritos atractivos respetado desde tiempos sin memoria. El mar, anterior al fuego, fue el primer lar del hombre.&lt;br /&gt;También en los muertos reinaba la sal. Su abuelo se fue y sus huesos se arenaron como costas que vería en el futuro, sus relatos le quedaron prendiditos como el ir y venir de las mareas, su voz le susurraba por las noches entre las hendijas de la ventana. Echado de espaldas, desnudo en la costa, repuesto apenas de las fatigas y el ahogo, recordó hechos que aún no habían ocurrido, sucesos que vendrían, anchas caras que traerá el mar desde el infierno, extraños cuerpos, cañas exóticas, plantas ultramarinas que verá en la isla de Porto Santo, dueña de los vinos, bananas y almendras.&lt;br /&gt;Sus ojos adquirieron un gris celeste que filtraba toda visión y peripecia. Cuando encontró el arbusto que escondía Europa ya era de noche. El horizonte se había acercado tanto que el poco mar visible se hizo más familiar y propio. Pequeño pero concentrando toda la vida y toda la idea de muerte. La civilización flotaba desde su prehistoria sobre la flor del agua para forjarle el ánimo, los deseos y la pertenencia.&lt;br /&gt;Apretado de frío, había trotado sin dejar de mirarlo la media milla que lo separaba de su abrigo. En la oscuridad, a tientas, había encontrado milagrosamente su ropa, pero ya el ejercicio dejaba atrás el frío dando paso al hambre. No quería regresar a su casa, no quería abandonar su fuente de vida y muerte, y con unas ramas tejió una burda canastilla que le sirvió de mediomundo. Con el agua a la cintura, inmerso en la noche y el mar tan restringido y encimado como un cuarto iluminado por una sola vela, echó y arrastró la redecilla ycomo quien saca entre mil números el billete ganador, obtuvo un pez de la magnificencia del océano. Lo asó, se hartó.&lt;br /&gt;La placidez del triunfo, la fortaleza de verse independiente, lo fueron sedando y se adormeció. Al filo de la noche, el mar que todo lo daba, hizo surgirle una Venus de la negrura; una mujer, una isla, que yació bajo el joven.&lt;br /&gt;Desde entonces, en toda su cabeza, no hubo más que sal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una nube con forma de hada que surgió en sácielo disimulándose en las sombras. La oscuridad y el viento la fueron acercando y sus brazos se estiraron hacia él en pos de un abrazo o invitándolo a la danza. Él, bocarriba en la playa, desnudo, fatigado yvolviendo de la muerte, solamente podía pensar en el amor, qué otra cosa podía ocurrírsele a un adolescente en esas circunstancias. La nube se adhirió a su vista, untuosa, excitante, morena. La nube cobraría carnadura años más tarde, tal vez demasiados años, surgiendo del río del Paraíso, piel cobriza, muslos firmes, edad temprana cabalgando en una islita de hojas, ramas, flores, animales como la Afrodita del esperma divino surgiendo de la espuma. La nube se tornó lanzas de un ejército umbrío casi bruno, penoso; luego volvióse arboleda y matorral para esconderse más de los pobrecitos vecinos del pueblo; inmediatamente se hizo racimo de uvas negras, fuente de higos, ciruelas, castañas que cayeron, inmersas en la oscuridad sobre la línea del agua convirtiéndose en galeón portador de riquezas, nao ubérrima, galera de mil remos. Sobre la barca venida quizá de las islas exóticas de la especiería surgió nuevamente la niña de las sombras, el hada capitana, la hija de la espuma. El galeón a toda vela surcó agua y arenas hasta postrarse a sus pies. La mujer del aire danzó en torno de él desgajándose, develándose a su alrededor, meciéndose como un bajel en la serenidad del Mediterráneo se fue deslizando bajo su cuerpo, entre sus músculos, junto a sus incipientes vellos, de las orejas detrás, entre los labios, casi bajo la piel. Lo enredó con sus jirones de nube, lio sus miembros con hilos de arriba, estremeció su sexo, le hizo descubrir la imperiosa necesidad de caricias besos mieles, volviese la mujer nube y la nube adquirió forma de isla dándose a la mar hacia el poniente. El amanecer le brilló en las espaldas desnudas y le permitió ver, a lo lejos, en el fondo del mundo, los velos postreros del aire de la ínsula amada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su padre, a los once años, fue colocado como aprendiz de tejedor de paños en casa de Guillermo de Bravante. Él no quería repetir la historia. Respetaba a su apesadumbrado padre, pero toda su voluntad y su ambición miraban al mar. El puerto de Génova ardía de barcos mágicos de los que surgían maravillas, seres exóticos hablando jergas extrañas, barriles, pipas, sacos repletos de fantasías concretas, tangibles, vendibles.&lt;br /&gt;En la placidez del hogar no hallaría escalas para crecer. Su padre había demorado más de diez años en convertirse de aprendiz en maestro para perpetuar el anonimato y el hambre con mayor dosis de frustración, desesperanza y menos expectativas y fuerzas. El agua, en cambio, estaba repleta de posibilidades. Y en el fondo de sí mismo, como fundamento y piedra basal de toda su estructura de deseos viajeros y gloriosos, estaba la nube con forma de isla en la que moraba la mujer que lo encontró desnudo y recién resucitado en la playa. La mujer, morena, de miel, con tersura de racimo húmedo que lo envolvió en su aire y lo invitó a seguirla por las ondas del agua hacia el paraíso terrenal.&lt;br /&gt;Él era alto, los ojos garzos, el pelo rubio, la nariz aguileña, como su padre. Era, como su padre, alto y rubio, la nariz aguileña y los ojos garzos. Predominaba en él la reserva y sobriedad de don Juan. Era el retrato de su progenitor y podía pasar, con más canas y el cuerpo algo cargado de espladas, por hermano menor. Una repetición física del otro, un temperamento similar, pero una experiencia radicalmente distinta. Los padecimientos (penurias económicas, reiteradas humillaciones, fatiga de años de trabajos inútiles) acrecentaron en él su deseo de escapar del tejido, la lana, la seda, la taberna y el queso. Apenas niño intuyó la necesidad de irse y su padre quizá vislumbrando la posibilidad de la venganza con el destino propio, aceptó para el hijo el riesgo que él mismo no se animó a correr cuando tuvo su edad. Dejó que el muchacho diera la espalda al pobre oficio paterno y probara mejor suerte como aprendiz de marino.&lt;br /&gt;En los barcos, mientras fatigaba el cuerpo como paje, su mente despierta asimilaba con fruición cada pequeño dato: una orden del segundo al vigía, era comida que aunque infrecuente para el muchacho le alegraba el paladar y estimulaba su apetito intelectual. Con voracidad, con descontrol aparente se bebía un oportuno movimiento de velas para aprovechar al máximo el viento, aprendía cómo morigerar los impulsos de los marinos, cuándo era conveniente gritar y cuándo proceder con demagogia repartiendo doble ración de vino, cebolla y pan. Sus ojos copiaban miradas, ya fieras, ya astutas; los tonos de mando y sus modulaciones; el nombre y posición de las estrellas. Aprendió a doblegar a sus coetáneos, apenas destacables por su obsecuencia y temor. Su apetito intelectual lo llevó al robo o secuestro temporario de libros, cartas, artefactos del capitán o sus ayudantes. Debía aprender a utilizarlos luego, por ahora bastábale con tenerlos, sobarlos, gastarlos con la mirada. Esos colores, las palabras inentendibles, las dificultades en la comprensión y el manejo de esos elementos más que rendirlo le provocaron un ardor de estómago y una vibración nerviosa incontrolables: debía dominarlos; no quería ser un especialista en latín, solamente destripar la lengua para mirar en su interior; tampoco convertirse en astrólogo sino develar el mecanismo de las constelaciones y su relación con altitudes complementando su saber con el manejo indispensable, y no más, de la brújula, esa aguja tonta que giraba en un pivote sobre la rosa de los vientos que ni los otros pajes, ni siquiera los grumetes comprendían o querían comprender como él. La cuerda larga con nudos, los agujeros de los portolani, no mantuvieron sus secretos en forma prolongada para el muchacho.&lt;br /&gt;Y a la par, el delirio de gloria y los sueños de cumplir su vocación se iban acrecentando paralelos con la adquisición no de sabiduría sino conocimientos prácticos y el amor por los mares y el horizonte que se adherían a sus pupilas y coloreaban sus ojos garzos con las tonalidades del agua verde, con las aguas grises de las rocas.&lt;br /&gt;De las estrellas aprendió las posiciones para guiarse sin necesidad de ver las costas; del latín, una intelección macarrónica que lo habilitara no para el goce virgiliano sino para descifrar libros de viajes y geografías, ensoñaciones y presagios antiguos, mensajes de hombres que creyeron ver, vieron o escucharon hablar acerca de islas hundidas, aparecidas, maravillosas. Qué le importan los mil nombres de las velas, cuerdas, vergas (que de todas formas aprenderá a su tiempo) si es capaz, con mucho menos, de conducir una carraca a buen puerto con carga valiosa sorteando monstruos, miedos, vientos y corsarios. Del mundo circundante, de todo lo que lo rodea: hombres, objetos, elementos, sabidurías, técnicas; le basta con algo de cada uno, algo no más, algo pero preciso, lo que le cae bien para alguna vez que no es todavía. Una caótica recolección de piezas extrañas y dispares que en su momento justo se compaginarán, conformarán un equipo sólido, un conjunto sin grietas que le brindará lo que él, a tientas pero con convicción férrea, está reuniendo. Pareciera que mientras los demás oyen a oscuras los golpes sin música, él ya va reuniendo notas dispersas en base a una melodía inaudible aún, que ya resonará.&lt;br /&gt;La vida sale del mar, y él sabe –ya se ha dicho- que la suya propia surgirá de allí, por eso la melodía futura tiene algo de la sinfonía de las olas, los chasquidos de la costa, el viento, el crujir de las maderas.&lt;br /&gt;La vida de sus padres es un entretejer de hilos, un telar de desdichas que él ha visto y sufrido o que le han contado y sufrido. La cárcel de Juan es peor que la propia. Y si es injusta, doblemente. También provocárosle sufrimientos las privaciones, los sometimientos. Cómo se puede soportar ver al zapatero ocupando parte de la casa, por un mendrugo de paga. Peor aún considerando que ese subalquiler proporcionaría simplemente víveres para los hijos, los niños; y él es uno de ellos, pero aunque roe su pan reniega del sabor. No por soberbia, sino por la injusticia. No por jactancia; por ver sufrir el corazón de su padre inútilmente. No, de ninguna manera. No. A él no lo enredarán las madejas, no se verá atado a husos y telares. Prefiere ahogarse en pos de un buen pasar para su familia; una revancha no solamente de dinero sino de buen nombre, gloria, respeto. Y si para eso es necesario entregarse al mar, lo hará gustoso.&lt;br /&gt;En cubierta el viento frío no lo despierta, el subibaja de las olas no lo mueve, no logra el mundo exterior infiltrársele más allá de una piel que se agallina, unos vellos que se yerguen y el acortinamiento del pelo sobre la cara. Él sigue oponiéndole al agua de estribor el mármol, y la piedra tallada al viento frío. Pero por dentro la estatua arde, tirita, se calcina por efecto de la lectura. Él, en cubierta, lee con desesperación aunque inconmovible para su contexto, devora desenfrenado. Está metido en Los viajes de Marco Polo como un ahogado (una piedra de molino en el cuello lo mantiene hundido, la cara y la carne blancas imperturbables, los ojos desorbitados). Él y su hermano salen de Constantinopla a recorrer el mundo, se presentan ante el gran Khan, van a Armenia, Kogni, Sevasta, él y su hermano están junto al arca de Noé, se deslumbran con los hábitos de los tártaros, los dioses, las armas, los jueces, ¡el palacio del gran Khan!, el vino del Cathay, la piedra negra combustible, la isla de Ceilán.&lt;br /&gt;Él, encubierta, es insensible al frío, el movimiento y la noche. Él, solamente es sensible a la historia de Marco Polo que en su imaginación –más todavía: en su decisión- se va haciendo su propia historia: es él y su hermano, no los Polo, quienes recorren islas extrañas, conquistando, penando, con astucias y habilidades, con asombro frente a las costumbres exóticas. Él lee y tras los signos se ve a sí mismo en su carraca recorriendo los mares, escribiendo su diario para un futuro viajero, adquiriendo la gloria, el honor, el nombre, la fama. Él es el admirado, el recibido por los Reyes; es él el invitado a la mesa de los poderosos. Es él el vengador de su padre, las privaciones, el trabajo para nada, la cárcel por deudas, la casa compartida por ínfimas monedas. Él es Marco Polo.&lt;br /&gt;Sus padres tenían la tristeza de la tierra, estaba la melancolía enraizada y su enterramiento le impedía desaparecer. El viento, por feroz que fuera, sólo la mecía, la destacaba, derramábale los frutos alrededor. Sus ramas se doblaban sobre sí mismas, refocilándose en la propia grisura. Y él veía el mar. A qué quedarse en esa piedra dura e insensible, que no siente, inmerso en los tejidos que repiten el dibujo del dolor. La memoria está impedida de moverse, atada, mordida, cincelada al relieve de sus dos o tres pesares reiterados hasta la locura. Aquí los vientos son siempre iguales, previsibles, en tierra no hay naufragios ni islas ni rubíes. En tierra la rutina mueve su pesada rueda de molino por encima de quienes se quedan a su vera. Las mismas nubes, un cielo repetido, y qué se puede esperar de un joven que levanta los ojos y ve siempre las mismas estrellas en los mismos lugares durante repetidas épocas de un año siempre igual.&lt;br /&gt;Nada se puede aprender en Génova de espaldas al mar, desoyendo la voces del puerto y tapándose las narices para evitar el insidioso aroma del pescado, mirando a los montes cuando se despliegan bandera y mercaderías en palos y cubiertas.&lt;br /&gt;En cambio Marco Polo bebió la alegría del agua, el viaje, la sorpresa. Desde los nueve años, cuando su madre murió, a los quince, fue huérfano –él lo es de cariño-, pero a esa edad su padre Nicolás y su tío Maffeo volvieron de Oriente y lo encontraron y lo llevaron a través de los océanos, desiertos, montañas y lenguas hasta los palacios del Rey de Reyes, el gran Khan.&lt;br /&gt;Mientras sus padres se sepultaban progresivamente en la tierra genovesa y adquirían el color ceniciento de los muertos, mientras ellos doblaban su espalda y su humor sobre el polvo, repitiendo la ceguera dolorosa de la reiteración, él solo, siempre solo, observaba el mar, el misterio del agua sin fondo visible, los árboles-barcos que mudaban su sede sin más raíces que el timón y los infinitos vientos de mil caras. Él, solo, mientras la madre tejía y el padre penaba por deudas, miraba las cubiertas donde hombres alegres, cantarines danzaban su dicha de dejar los malos puertos en pos de mejores donde trocar perlas por lienzos, sal por drogas, algún espejo dorado por una mujer sensual sumisa conocedora de técnicas amatorias de delirio. Cómo quedarse encerrado entre esos montes junto a un padre olvidado de él, un abuelo muy querido y ya muerto, una madre que solamente le dio el ser, un par de retos, algunas recomendaciones inaceptables y nunca un gesto efectivo de amor, un movimiento afectuoso, algún ocio en beneficio de él. Allí no tiene nada. Marco Polo había tenido madre poco tiempo, él, nunca. Al veneciano su padre lo había llevado en un viaje de juegos.&lt;br /&gt;En el libro encuentra consuelo a su tristeza de la tierra. Quizás en el futuro cuando mire hacia atrás buscando algún momento de dicha simplemente recuerde esas tardes sumergido en el relato del viajero. Sin amor, sin un afecto tangible, su mirada volvía, al zozobrar, a esas páginas donde se describe el palacio del Khan (que él soñará hallar al pie del Paraíso), perlas, rubíes como huevos, oro, oro, oro para inundar a los acreedores de su padre, al triste de su padre, a la olvidadiza de su madre. Paños urdidos con plata para tapar los rostros grises. Bilis de víbora dientuda de la provincia de Karazan, con veinticinco gramos disueltos en vino se cura la rabia por mordedura de un perro: millones de toneles de bilis para curar a toda la familia, a todo un pueblo de mordidos y enrabiados gruñidores de tierra. Se construirá, a su regreso, una mansión como hicieran los irreconocibles Polo después de diecisiete años en la lejanía, una residencia parecida a la del rey Facfur: un terreno de diez millas de circuito encerrado entre altas murallas; columnas, pilares, sostienen un techo ricamente adornado con el más hermoso color azul y oro, las paredes ornamentadas con exquisitas pinturas en donde celebraría para diez o quince mil personas, fiestas de dos semanas. Llegaría él, andrajoso y más hediondo y sucio e indecente que los hechiceros Tebeth y Kesmir, barbudo, greñudo, hablador de una jerga dura incomprensible contaminada de lenguas distantes rudas amenazadoras, los ojos bailando, las manos portando frutas asombrosas, pájaros terribles, acompañado de cien mujeres desnudas venidas de la isla de Zanzíbar, boca grande, la nariz gruesa vuelta hacia la frente, las orejas grandes y los ojos grandes, sus manos y también su cabeza son grandes y fuera de proporción, sus senos repulsivos son cuatro veces mayores que los de las demás mujeres, ¡las más feas del mundo! y a un sonido que recorriera toda la ciudad, cuando el espectáculo ya hiciera empalidecer a los invitados, las cien hembras horribles se trocarían por cien hermosuras traídas de la provincia del Timochain portando rubíes, turquesas, perlas, colmillos, balass, guirnaldas de lana del templo de San Barsamo, en Tauris, buenas para los dolores reumáticos, muselinas de Mosul, caledonia y jaspe, papel negro de morera, ébano, vino curador de enfermedades de pulmón y bazo, nueces del tamaño de una cabeza humana, rubíes de Ceilán, plantas tintóreas, vino de arroz, drogas aromáticas que embriaguen de dicha a los presentes hasta el paroxismo, y en ese momento él –como hiciera Marco- cambiará sus trapos burdos por rico traje de caballero, cuajado de joyas y con ademanes refinados y dulces dejará estupefactos de admiración a los invitados que desparramarán por toda Génova y por toda Europa su nombre, incrementarán su fama y honor por encima de todos los reyes, papas, héroes.&lt;br /&gt;Cuando fuera un anciano como su abuelo, dentro de unos cincuenta años, le preguntarían se nunca había sido feliz. ¿Por qué siempre el gesto no amargado pero resignado de dolor; es que jamás habrá sentido la delicia de la dicha, la alegría sensual de un instante para él solo? Y quien le pregunte esperará la respuesta hiperbólica de un ser gigante, creerá –mientras el otro, es decir él, recorre sus fibras en busca del pasado-, creerá que el gran hombre famoso trae de su memoria un hecho magnífico, enorme: pero él, anciano entonces como ahora lo es su abuelo Fontanarrosa, recordará algo pequeñito, un recuerdo meñique: andar descalzo.&lt;br /&gt;Sus pies, esa frontera del cuerpo. Sintiendo por primera vez el sobrecogedor frío del mar que cala entre los dedos metiendo delicadas lenguas de hielo en esas penínsulas coronadas de rocas; las uñas lambidas de sal, limpiadas, lijadas. Los dos pies soportando la estructura y los dolores de todo el arriba, y entregados a la sensualidad liberadora del agua entrometida que quiere penetrarlo suavemente. Luego la sucesión y los pies descalzos durante tiempos y sitios: la plana mullida sobre arena húmeda, el arco enhiesto por ríos helados, encrespados los dedos, a punto de eyectarse del pie; él ya había gozado y aprendido la tersura del líquido frío que baja entre pedruzcos de las montañas, la dulzura independiente de los pies sosteniendo al resto del cuerpo inmerso en la natación ya plácida, ya desesperada del golfo natal; sentirá los pies en la piedra, el polvo, la madera húmeda o ardiente u oleosa de cubierta. Los pies experimentando la frontera de las sensaciones. ¿Cuántas tierras, arenas, aguas dulces o muertas o infestas o amargas, cuánta piedra ardiente, pastos, yuyos, hierbas juntos, barros, cuánta pez, paños, uvas, cabezas, cuántos pies de mujeres cuánto cuello enemigo habrán gozado los pies del veneciano? ¿Cómo serán las aguas del Mar Caspio, el mar de la India, del Zipangu, los ríos del Catia; cómo se sentirá en las plantas la piedra y el ladrillo que pavimentan los caminos de Manji, o la arena y la roca del desierto de Gobi plagado de sirenas de la muerte, y el mármol del palacio del gran Khan, o la alfombra entramada de hilos de oro de los dormitorios de sus concubinas y mujeres? ¿cómo arderá en cada uno de los diez dedos la sangre de los enemigos aplastados por elefantes ebrios o por los asnos gigantes de Persia? De cada rincón del extraño mundo quiere saber más que Polo, no le basta aprender que son idólatras, tienen su propia lengua y pagan tributo al Rey de Reyes; él quiere pisar con cada uno de sus dedos desnudos y hurgar con ellos levemente bajo las arenas como con diez almejas o diez gusanos. Quiere, literalmente, hollar la tierra.&lt;br /&gt;Todo su cuerpo se inclinaba sediento hacia el mar, con unos diez dedos descalzos que nadaban en la orilla (el gordo es una arrugada tortuga de agua que se protege del sol y las inclemencias bajo una lámina impermeable y dura; el chiquito se asoma con picardía de benjamín mientras los tres grandes avanzan con temeridad). El pelo se erguía como una vela cuadrada bebiéndose todo el viento mientras el corazón galopaba un paso acá y el otro en el horizonte. Todo el cuerpo se le va por los ojos lejos de la costa en pos de una gloria que solamente se encuentra entre peligros, zozobras y animales extraños. Aquí pesa sobre él la ignorancia de sus vecinos, el desamor de una madre dispuesta a decirle a los cuatro puntos cardinales cuánto lo quiere (al sur, al norte, al este, al oeste, mas no a él), la historia triste y sin relieves del padre, un futuro en leve planicie por donde dejarse deslizar hasta quedar echado de espaldas con los brazos sobre el pecho y polvo en los ojos y la boca.&lt;br /&gt;La tierra es alimento de la vejez, su estómago requiere nubes y sal pero en Génova, mirando los Apeninos, se escapan las caricias; tal vez lejos del golfo otros dedos desnudos entrelacen en la noche ajenos sentimientos a los propios calentando el fondo de la cama, darían así un punto de apoyo al resto del cuerpo. Quizás el hada de la nube lo espere allende para pasarle la mano por la cabeza y apoyarle sus turgencias morenas sobre esa piel quejumbrosa de soledades y miedos. Quizás no espero viajes y el ansia de gloria encubre simplemente la imperiosa necesidad del reconocimiento, la felicitación, el beso, la palmada de sus padres y vecinos, del hada de la nube, de toda la humanidad.&lt;br /&gt;Sea como fuere, debe irse. El tiempo es propicio. Soplan vientos amables. Es imprescindible subir a cubierta. Ningún papá Nicola Polo vendrá de oriente a salvar al huérfano; su pobre Juan tiene listas las lanas para enredarlo en una trama repetida, su tío no es Maffeo para llevarlo con el Khan sino Antonio un honorable tabernero y fabricante de quesos que lo pondrá a orearse y alcanzar sazón a la sombra de un cuarto seco y sin ventanas. Como sea, con las uñas, suplicando, a cuchilladas, subirá a una galera. Sin las facilidades del parentesco pues ninguno de los suyos se ha alejado de la costa más allá de un refresco a la sirga. Tres viajecillos hizo como paje por aguas cercanas. Incentivárosle el ardor y el apetito de mayores honduras y distancias. Ya es hora de aprender marinería y hacer pininos en aquello de alcanzar a la morena construida con pompones de aire que lo espera con los pies desnudos y los dientes al sol.&lt;br /&gt;Nada se le hace fácil. Y él, por supuesto, eleva su queja al cielo y a los circunstantes con esa cara de dolor sobrehumano; al veneciano afortunado, en cambio, todo servido en cáliz de oro y manteles de Damasco.&lt;br /&gt;Siempre con dolor todo padecer contra marea y vientos repechando cuestas escarpadas y gestos hostiles enemigos centenares maderas abrumadas eternamente pesada carga y doblemente esfuerzo; pero él es totalmente voluntad y convicción de su destino, sus dudas son sólo de la boca para afuera como lamento para hacerse oír y atender, no hay fisuras durables en su visión de metas gloriosas.&lt;br /&gt;Él, contra todos los que rayen, incluido él mismo como enemigo propio por la mala disposición que hace surgir en quienes lo tratan. No sabe pedir, ya suplica miserable o increpa/ exige altanero. La sonrisa la tiene a destiempo, la voluntad inquebrantable.&lt;br /&gt;Ya desde su abuelo paterno viene la torpeza sin honores: Domingo fue colocado como aprendiz de tejedor en 1429. Juan, el bisabuelo, promete y acuerda solemnemente con Guillermo de Bravante, de Alemania (es decir, un tejedor flamenco), que su hijo Doménico permanecerá como aprendiz y pupilo, famulo et discipullo, en casa de dicho Guglielmo por seis años. Mientras él aprende a manejar las cuerdas de aquí para allá en la costa genovesa en barcos de vela, los primos, hijos del tío Antonio, repiten la historia familiar: Juan es colocado como aprendiz de sastre en la tienda de Antonio de Planis el cuatro de junio de 1460. Domingo, su padre, sale como testigo y fiador de su hermano ante el notario Juan Valdettaro que extiende el documento; Mateo entra como aprendiz de tienda con Tomás Levagio, texitori panorum septe; igual suerte corre el primo Amigesto como aprendiz en la tienda de Leonardo Varazino, Tomás en la misma tienda con el mismo maestro y Benedicto por el mismo rumbo. Hasta su hermano Jacobo es alcanzado por el dardo repetido del artesanado y espontáneamente se ubica como sirviente y aprendiz con Luchino Cadamartori, por veintidós meses para aprender el arte de tejedor de paños. Una familia marcada por las cuerdas y las sedas.&lt;br /&gt;¿Y qué ganancias se obtuvieron de esa reiteración de puntos, qué reconocimiento, buen pasar y alegrías? Habitaron en una casa alquilada en la via Olivilla, perteneciente a los bondadosos monjes de San Esteban. El padre harto de privaciones emprende caminos varios, equivocados todos por no soltar amarras: el Dogo, por ejemplo, lo nombró guardia de la torre y puerta de Olivilla con un sueldo de ¡veintiún libras genovesas cada trimestre!, luego este ilustre y excelente señor Giano Campofragoso le otorga un nuevo nombramiento limitado a trece meses como custodio de tal pasaje, después de los cuales es desplazado por otro famélico, Augustinum de Bogliasco. Y el padre debe arrastra la numerosa familia a Savona, una pequeña ciudad sobre la costa, más al oeste, donde Domingo se convierte en tabernero.&lt;br /&gt;Se lo imagina ahora, similar a él: alto, de cara alargada, ojos claros y cabellos prematuramente canos, soportando injusticias, mudándose de aquí para allá como perseguido, sin poder pagar las cuentas de vino. La familia vuelve a Vico Dritto y le subalquila su tienda a Giovanni Battista Vella, un zapatero del sur, petiso y cascarrabias, con la boca y el corazón llenos de tachuelas.&lt;br /&gt;Él va y viene ya en barcos comerciales a cada extremo del Mediterráneo como agente del armador de Génova Paolo Dinegro, y obtiene triunfos resonantes: salva a padres y hermanos de la prisión porque se hace cargo de sus deudas. De todos modos sigue recordando aquellos tiempos humillantes en que ejerció la piratería –disfrazada de comercio- contra infieles, contra cualquier barco enemigo e incluso contra compatriotas genoveses con la excusa de la lucha entre los Anjou y los aragoneses, para demostrar a su familia que no sólo sus torpes primos aprendices o maestros de paños obtenían dinero sino también un ambicioso grumete ávido de gloria y ladrón temporario abundoso de mapas y libros (porque en la marinería nuestro Señor me hizo abundoso, de astrología me dio lo que abastaba, y ansí de geometría y aritmética, e ingenio en el ánima y manos para dibujar esta esfera, y en ella las ciudades, ríos y montañas, islas y puertos todo en su propio sitio. En este tiempo he visto yo y puesto estudio en ver todas escrituras, cosmografía, historias, crónicas y filosofía y de otras artes.)&lt;br /&gt;En una de aquellas repetidas escaramuzas navales motivadas en religión, comercio y saqueo, el barco en que estaba y una galeaza con la que se había enlazado en abrazo tan estrecho como los del amor, ardieron juntos y los más marineros escogieron padecer antes la muerte del agua que la del fuego. Él era muy buen nadador, acostumbrado a adentrarse de pequeño en las aguas del golfo natal, y pudo asirse de un remo que a ratos lo sostenía mientras descansaba, y ansí anduvo hasta llegar a tierra, que estaría a poco más de dos leguas.&lt;br /&gt;Los corsarios, entre los que venía él en pos de dinero para la familia y nociones para sus ideas locas, toparon con cuatro galeras venecianas que venían de Flandes. Entraron en seguida en combate cerca del cabo San Vicente y dos naos quedaron enganchadas y dieron inicio a incendio generalizado, él nadó tres cuartos de legua sin volver la cabeza, desesperado por la renovación del pánico vivido en su casi niñez al descubrir la fuerza del mar igualador; aferróse al madero que arrastraba y descansó mirando ahora sí el fuego contra el doble azul de agua y cielo de verano. El miedo a la muerte se acrecienta en forma incalculable cuando se repiten las circunstancias del primer choque con ella, y ahora estaba lejos del hogar, la familia y en mares extraños. Añoró por primera vez la costa genovesa, la verdura y la piedra, y abominó del mar que lo llevaba a la piratería y la distancia. Mas al llegar a la costa el miedo huyó despavorido de él y el joven recobró su decisión de aguas, único camino de la gloria y el nombre. Sentado frente al Mediterráneo, veía aún los fulgores del incendio: la galeaza de Godofredo Spinola, el ballenero de Nicolo Spinola, la Bettinella mandada por Juan Antonio Dinegro y una máxima trirremis llamada Scuarciafica, la navia flandrensis, las catorze naos muy gruesas en que habíanse metido seis mil hombres los más escogidos. Urcas, carracas, galeazas. Batalla terrible que duró diez días y ocho ampolletas de ese día miércoles. Él, en la cosa, jadea viendo el cielo nocturno en llamas; la poca ropa húmeda y el pelo rojizo y barba rojiza chorreantes establecen contacto con el ardor a dos leguas vía acuática.&lt;br /&gt;El poder de los mayores armadores y corsarios, la vida de miles de hombres quizás llamados a crecer se ha extinguido; la carga valiosa, los cañones de bronce, describen su camino al fondo sin retorno. Seguramente Nuestro Señor me ha puesto aquí como espectador del naufragio y hundimiento para mostrarme que también, en un instante, puede ascenderse de la nada del fondo al brillo de la superficie y el cielo. No todo es hundimiento, también hay emergencia. La noche de verano y sus estrellas me miran mojado y salvo, confirmado en mi bautismo de agua, listo para emprender algún camino magnífico. Que los torpes primos escondan los talentos bajo la tierra de Savona y Génova, que los tapen de polvo y se sienten encima a esperar el regreso del Señor; yo iré en pos de Él apostando a todo o nada cada vez, hundiéndome y saliendo a flote, multiplicando, multiplicando, multiplicando. Hasta que un día confluyan las nubes, las islas, las ampolletas y olas, los nudos y agujeros en las portulanas, se unan coronas y maderas, velas y subsidios, vientos y hombres, y lo encuentren a él en el centro del universo-mundo bajo la confluencia d los astros recibiendo el oro y la mirra y el incienso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Portugal llegó a nado, náufrago, solitario y desnudo. Lo esperaban la ciencia moderna, la tierra esférica y la exploración de África. Los marinos portugueses habíanse lanzado ya, los primeros del presente siglo ansioso, al tenebroso mar verde abierto y terrible para el resto de los pueblos acostumbrados a esa gran laguna tranquila que es el mare nostrum. Gil Eannes dobló con una carabela el Cabo Bojador y el espantoso mar del sur no hizo hervir a nadie, no parió monstruos ni tornó negros de ardor a los marinos sino que abrió un canal hacia el oro en polvo de las costas africanas e infinidad de esclavos a buena cotización. Los terrores que vomitaban los tonturracos seudonavegantes de las costas italianas, desaparecieron en Portugal, que se lanzaba desde la época de Enrique el Navegante hacia el sur en pos, primero sin saberlo luego a conciencia, del oriente y la especiería esquivando el continente africano. Cabos e islas, ríos y desiertos, mares tormentosos perdían su máscara de espanto frente a las quillas de las modernas naves lusitanas. Él, náufrago, solitario y desnudo, con marcas de quemaduras provocadas en la cubierta corsaria, desesperadamente sediento de un camino para su ansiedad de gloria, llega a la tierra extrema de una Europa que sale pesadamente del claroscuro. Aquí la ciencia náutica están en su apogeo. Las calles bullen de cuerdas y velas, las damas esperan esposos que han soltado amarras y los ojos disimulados de las jovencitas desean anclarse en muchachones curtidos del sol viajero.&lt;br /&gt;El tiempo va y viene y él, mayor que en su naufragio, con la idea formada de los límites de la tierra, algunos fracasos con algunos reyes a los que expuso su proyecto, él, habiendo llegado a la madurez de su plan glorificador (robó mapas, cambió su nombre, pisó islas extrañas, por amor a su idea fija casóse), él está de nuevo en Portugal, más viajado, de pie entre la multitud, esperándola igual o más ansiosa para sí mismo, inmerso en campanas, danzas, alegrías ajenas frente al puerto de Lisboa en la hora más renombrada de la navegación portuguesa, él, no envidiando sino previendo que esa algarabía de otros, llena de canciones y banderas, sonrisas, gritos, comidas en las calles le será suya en algunos años como ahora lo es para Bartolomé Díaz en su regreso triunfal de la punta terrible del mundo, el Cabo de las Tormentas, de Buena Esperanza, a partir del cual se oteará la pimienta y el rubí, pedrerías, sal, sedas de oro y plata, Cipango, Catia, la India, Trapobana, infinitud de pueblos ansiosos de comprar y vender, y enriquecerse enriqueciendo a quien se lance sobre ellos con barcos cada vez más enormes para traer cada vez más riquezas. Las áureas regiones de Marco Polo contorneando el África, más allá de las Canarias, el río Níger, cabos islas desembocaduras. Y él estará ese día de Europa, viendo llegar al puerto una nave como quizás –seguramente, dice su tozudez- le ocurra en breve tiempo.&lt;br /&gt;El verde mar tenebroso forma parte de un océano abierto que le ha dado la vida. El proyecto se redondea ahora no tanto en su mente como en su vehemencia, y todos estos años que van del naufragio a la multitud expectante han servido para darle los elementos científicos, los conocimientos geográficos, y el contacto enriquecedor con gentes que han visto, marinos que han oído y una larga historia que ha venido preanunciando extrañezas y misterios allende las aguas.&lt;br /&gt;En Europa, cree el hombre de ojos garzos, el sol saldrá por occidente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde la antigüedad, los sabios, los doctos supieron o sospecharon la esfericidad de la tierra. Incluso anunciaron la existencia de islas gigantes más allá de las columnas de Hércules. Una raza roja venida de las estrellas o seres monstruosos con la cabeza entre las piernas, perros mudos, hombres monos, islas de mujeres solas y cualquier necesidad de la imaginación morarían allí. Todos creían, deseaban islas. El ocioso Eratóstenes había calculado, a la griega, la circunsferencia del planeta: en Siena, cerca de la primera catarata del Nilo, un palo no proyecta sombra al mediodía del 21 de junio; en el fondo de un pozo, solsticio de verano, se veía redondo, nítido el sol. Pero en Alejandría, en el exacto mediodía del 21 de junio, un obelisco bien vertical proyecta su sombra. Si la tierra hubiera sido plana (“fuera” para Eratóstenes) el sol habría proyectado sombras iguales, pero al ser curva su superficie varían aquellas, porque el Sol está tan lejos que sus rayos son paralelos cuando llegan a la Tierra. La diferencia observada en las longitudes de las sombras hacía necesario que la distancia entre Alejandría y Siena fuera de unos siete grados a lo largo de la superficie terrestre. La prolongación de los palos hasta el centro formará allí un ángulo de siete grados. Eratóstenes hizo medir la distancia entre las dos ciudades, a pie; unos ochocientos kilómetros. Si la Tierra es una esfera su circunsferencia entera es de 360 grados, siete es aproximadamente la cincuentava parte: dos más dos para los griegos. 800 km. por 50 = 40.000 km.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con arrebato, con mano temblorosa y dolor de infarto por no poder saltar el tiempo y abarcar de un ojo todos los libros, mapas, cartas y recuerdos, borroneó una torpe esfera con un grano aquí y otro allá, rayas, números, ángulos. De un salto, con sensación de vuelo, de caída libre, comprendió. ¿Quién podría suponer que un experto marino que capitaneara navíos a los veinte años, que devorara latines y portulanas en las cubiertas con avidez de autodidacta haya visto sin ver, oído con sordera? Descendió la luz a despertarme, vaticinó, ha iluminar lecturas desprolijas y anhelos de gloria que me velaron la comprensión. ¿Todos lo sabían menos él? No, el genovés aturullado había pertenecido hasta hoy a la manada de quienes temían al hervor del mar, el mareo de rutas, los endriagos. Releyó: pasando por mar de Iberia a India. Buscó a Estrabón: “quienes han regresado de un intento de circunnavegar la Tierra no dicen que se lo haya impedido la presencia de un continente en su camino, porque el mar se mantenía perfectamente abierto, sino más bien la falta de decisión y la escasez de provisiones. Eratóstenes dice que a no ser por el obstáculo que representa la extensión del mar-océano, podría llegar fácilmente por mar de Iberia a la India…” Lo observó de nuevo, pasándole la lengua a cada borde de cada letra. Desde el siglo primero el alejandrino Estrabón se lo estaba repitiendo mientras él miraba hacia el costado: ser Marco Polo por el directo océano. La gloria, el renombre, la ganancia afloran del agua, se impulsan con las olas, de sal se impregnan. Por mar de Iberia a la India.&lt;br /&gt;Quería asomarse más allá, llegar al balcón del mundo para inclinar el cuerpo casi hasta el desequilibrio. Rumbo al sur, por el verde mar, estuvo en Madeira, en Porto Santo, y quizás más al austro todavía. Oyó historias de cañas gigantes con signos extraños, exóticos humanos de caras anchas. Alguno, semiebrio, contóle experiencias propias y ajenas de viajes rumbo al oeste hasta tierras desconocidas. Alonso Sánchez, andaluz de Huelva, fue arrastrado muy lejos hacia el poniente; se había hecho a la mar con un cargamento de vinos desde la isla de Madera, perdió completamente la noción de dónde se encontraba, su barco fue estropeado por el mal tiempo. A la vista de una costa, una isla, no se animó a desembarcar porque había sido muy maltratados él y los cuatro marineros supervivientes, y puso proa hacia el mundo conocido, llegó a Lisboa donde murió pocos días después de contarle todo al genovés cartógrafo.&lt;br /&gt;También anduvo oteando por el norte, más allá de Gran Bretaña, más allá aún de Islandia. Yo navegué el año de cuatrocientos y setenta y siete, en el mes de febrero, durante un invierno muy benigno –no había hielo en los puertos, ultra Tile, isla, cient leguas, cuya parte austral dista del equinoccial setenta y tres grados, y no sesenta y tres, como algunos dicen, y no está dentro de la línea que incluye el occidente, como dice Ptolomeo, sino mucho más occidental, y a esta isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses con mercaderías, especialmente los de Bristol, y al tiempo que yo fui a ella, como queda dicho, no estaba congelado el mar aunque había grandísimas mareas, tanto que en algunas partes dos veces al día subía veinte y seis brazas, y descendía otras tantas en altura. En Islandia o Frislandia, oyó historias tentadoras de viejos marineros nórdicos empujados por la tempestad hacia tierras del poniente. Extraños nombres, Bjarne Herjulfson, Leif el Afortunado hijo de Erik el Rojo, Thornfinn Karlsefne llegaron a Hellulandia, el país de la piedra, Marklandia, país de la selva; Vinlandia, el de las vides.&lt;br /&gt;Cien leguas más allá de Ultima Thule es asomarse hasta el vertiginoso vacío del mundo. Y el mar no cayó hacia la nada, ni surgieron vestiglos y endriagos. El mar-océano seguía ya terso ya encrespado a la espera de un almirante que cumpliera la profecía que en el coro de la tragedia Medea lanzara Lucio Anneo Séneca:&lt;br /&gt;Venient annis&lt;br /&gt;saecula seris quipus oceanus&lt;br /&gt;vincula rerum laxet: et ingens&lt;br /&gt;pateat tellus: Tiphisque novos&lt;br /&gt;etegat orbes: nec sit terries&lt;br /&gt;ultima Thyle.&lt;br /&gt;Y que él copiara y tradujera con emoción en íntimo convencimiento:&lt;br /&gt;Vernán los tardos años del mundo&lt;br /&gt;ciertos tiempos en los quales el mar occeano&lt;br /&gt;afloxará los atamientos de las cosas y descubrirá&lt;br /&gt;una grande tierra y un nuevo marinero&lt;br /&gt;como aquel q. fue guya de Jasón&lt;br /&gt;(q. obe nombre Tiphi)&lt;br /&gt;descubrirá nuevo mundo: y entonces non será la ysla tille&lt;br /&gt;la postrera de las tierras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un marino portugués, Marín Vicente, contóle que había encontrado un madero labrado ingeniosamente. Pedro Correa, otro piloto, había hallado hacia el oeste cañas extrañísimas. Antonio Leme en la isla de Madera y el murciano Pedro de Velasco le hablaron de costas borrosas que él aún identificaba con las islas viajeras mencionadas por Plinio. Su mecanismo intelectual desenfrenado por la idea fija y la información última, le hizo olvidar el Catia y Zipango por un breve lapso, hasta que las tierras de Marco Polo, la circunsferencia de Eratóstenes, profecías, Esdras, Ptolomeo, se reunieron en su asendereada sesera e hicieron luz sobre la posibilidad de llegar al oriente lleno de pedrerías y fama, por el mar verde que espantaba a los tontos y lo tentaba como el sitio propicio para demostrar su valer.&lt;br /&gt;A lo toro, terco y pesado, leía a los saltos para ganar tiempos, luego volvía a leer y subrayar, releer las notas, recopiarlas en márgenes y hojas en blanco. Le costaba memorizar, se olvidaba de obviedades, se enojaba consigo. Finalmente retenía, indelebles, las nociones éntrales a las que se habrá de aferrar. Se veía tan desvalido a veces en lo intelectual… era un hombre de alto ingenio, pero las lanas de su niñez le asomaban por los costados junto con la falta de estudios ordenados, prolijos, metódicos. Tenía la impresión, a menudo, de que en cualquier instante un vacío de sus conocimientos lo dejaría desnudo ante los sabios con los cuales se desesperaba por hablar. La voluntad suplía la casta, pero la inseguridad le minaba sus convicciones profundas. Le proporcionaba un gran placer y enorme orgullo de luchador sin ayudas, corroborar en los libros de los filósofos, físicos, de las autoridades, ideas propias alcanzadas con iluminación y sostenidas con tozudez. Un mapa do ver sus islas, un viajero que confirmara sospechas o una vieja leyenda nórdica proporcionábanle enorme y solitario placer. Al encontrarse con aquellos dichosos que pudieron frecuentar gloriosas universidades, departir en conciliábulos, penetrar en las obras de los antiguos, el temor lo paralizaba y el orgullo le endurecía las facciones, y como consecuencia lógica solamente daba a conocer algunos barruntos de sus ideas o las vomitaba intempestivamente ante cualquiera, extemporáneo, sin terminar de organizarlas pero con un convencimiento que dejaba mudos a sus circunstantes.&lt;br /&gt;El concilio pirata de Basilea, enemistado con el Papa, reclutó tropas para invadir las tierras de los Estados Pontificios. Fortebraccio amenazaba la urbe y nadie podía en ella estar tranquilo. El cuatro de junio de 1433 Eugenio IV huye a Florencia por el Tíber disfrazado de fraile. Al pasar por San Pablo la población apedrea la barcaza y el vicario de Cristo se echa sobre el fondo y se cubre con un escudo. En Ostia siguió viaje en una nave del pirata Vitelio y llegó a destino, el 23 de junio. Primero se trasladó el Concilio a Ferrara, luego a Florencia donde se reunieron numerosísimos obispos, doctores, abades de todo el mundo conocido. Había coptos, etíopes, el emperador bizantino Juan VIII Paleólogo, el patriarca José II de Constantinopla, lumbreras teológicas y científicas europeas y orientales. La decimoséptima sesión conciliar fue la primera realizada en la ciudad florentina, el 26 de febrero de 1439. eran tres sesiones públicas por semana, de tres horas de duración cada una, durante las que “filioque” se dijo y leyó veces indefinidas. ¿El Espíritu Santo procede solamente del Padre, también del Hijo, de ambos a la vez? ¿los escritos de los padres orientales lo traían, eran apócrifos? ¿había interpolaciones? ¿el pan eucarístico, fermentado o ázimo? ¿en el Purgatorio existe castigo por medio del fuego o está reservado éste al Infierno? Cuestiones disputadas con acidez, vehemencia, dialéctica por Marcos Eugénicos, el dominico Juan de Montenero, Bessarión de Nicea, Antonio de Heraclea… mientras el emperador quería llegar con rapidez a la unión para conseguir la ayuda militar que su maltratado imperio necesitaba con urgencia. En medio de tales reuniones, negociaciones, latines y griegos, los sabios disfrutaban en la hermosa Florencia de conciliábulos sobre temas seglares, mundanos, divertidos y enriquecedores. Toscanelli, ávido de saber, tuvo allí durante esos pocos meses, la oportunidad de hablar con hombres doctos que provenían del extremo oriente, de África, de la Mongolia. Paolo del Pozzo Toscanelli había frecuentado la lectura de los clásicos, pero no dudaba en olvidarse de ellos cuando un viajero le proporcionaba datos distintos. Durante el concilio hubo más de quinientos sacerdotes y viajeros venidos de todas partes, de los puntos más lejanos; él pudo tratarlos a todos y formarse una idea de la amplitud del mundo como ningún hombe tendría entonces. También conoció a Nicoló de Conti, un viajero italiano; Alberto da Sarteano, delegado del papa Eugenio IV ante el Preste Juan, emperador de Etiopía; Pedro Tafur y cuanto humanista moderno residiera o visitara Florencia como Fra Mauro, quien compuso un mapa basado en fuentes portuguesas, árabes y etiópicas similar al que él hiciera apoyándose en las conversaciones con todos aquellos sabios por él conocidos, rigiéndose por la experiencia que no falla, más que por una geografía y cosmografía teóricas y de fábula.&lt;br /&gt;Con verdadera unción y meticulosidad, Paolo del Pozzo Toscanelli dibujó, con propia mano, una carta semejante a aquellas que se hacen para navegar, en la cual está pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlanda al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que en este camino son, en frente de las cuales, derecho por Poniente, está el comienzo de las Indias, con las islas hy los lugares adonde desviar por la línea equinoccial. Las rayas derechas que están en luengo en la dicha carta amuestran la distancia que es de Poniente a Levante; las otras, que son de través, amuestran la distancia que es de Septentrión al Austro. Pintó muchos lugares en los pares de india adonde se podría ir aconteciendo algún caso de tormenta o de vientos contrarios. En todas aquellas islas no viven ni tractan sino mercaderes, hay allí gran cantidad de naos, como en todo lo otro del mundo, y en especial en un puerto nobilísimo llamado Zaitón, do cargan y descargan cada año cien naos grandes de pimienta, allende las otras muchas naos que cargan las otras especierías. Todas estas provincias e ciubdades se hallan debajo del señorío de un príncipe que se llama Gran Can, el cual nombre quiere decir, en nuestro romance, Rey de los Reyes. El asiento del cual es el más del tiempo en la provincia de Catayo. Esta patria es digna cuanto nunca se haya hallado, e no solamente se puede haber en ella grandísimas ganancias e muchas cosas, más aún se puede haber oro e plata e piedras preciosas e de todas maneras de especería, en gran suma, de la cual nunca se trae a estas nuestras partes… De la isla de Antilla o de Siete Ciudades, de la cual tenemos noticia, fasta la nobilísima isla de Cipango, hay diez espacios, que son dos mil y quinientas millas, es a saber, doscientas y veinte y cinco leguas.&lt;br /&gt;Contempló la carta, una carta de triunfo, y el mapa, con incontenible satisfacción de comprobar que no estaba solo, y profundo miedo de saber que otros tenían su misma idea quizás para robársela o al menos anticipársele arrebatándole la gloria. Leyó nuevamente la carta escrita en latín por Toscanelli, physicus florentinus, y la copió en un papel suprimiendo las indicaciones más importantes, aquellos términos que constituían el centro del proyecto. Cerró el libro que tenía en la mano, Historia Rerum Ubique Gestarum del papa Pío II, en el cual había transcripto su secreto, y contuvo la respiración con miedo hacia una Lisboa que no parecía quererlo. Ciudad llena de marinos e intrigas, y un rey poderoso que no dudará en escuchar su idea, pedirle tiempo para reflexionar y durante ese lapso enviar una nao portuguesa para apropiarse de la ruta y la fama.&lt;br /&gt;Afortunadamente la carabela enviada por Juan II navegó un tiempo más allá de las islas de Cabo Verde pero la magnitud del océano y el furor de las tormentas la hicieron regresar. Mientras abandona Portugal acicateado por la suspicacia y el temor, sonríe con superioridad y se burla del doctor Calzadilla –obispo de Ceuta-, del maestre Joseph y del maestre Rodrigo, quienes lo habían examinado y burlado profusamente del loco de la isla Cipango y el mar tenebroso. Él, que había navegado todo lo navegable, puesto bajo la mirada socarrona de tres tristes astrónomos; él, que abrió su corazón al Rey lusitano, había sido traicionado por el astuto Juan. De ahora en más redoblaría su mutismo, pues sentía que la muerte le roía los talones y las horas caían desenfrenadas acortándole los tiempos y multiplicando el peligro de otras empresas traidoras que se hicieran a la mar rumbo al oeste, la especiería, sus islas y su sola idea de sal y espuma.&lt;br /&gt;Se fue. Casi como un ladrón. De noche y raudamente, en barco desde Lisboa a Palos. Alguna vez, cuando esté zozobrando la aceptación de su proyecto en España, el rey Juan II le responderá tentándolo “Vimos a carta que nos escrebestes e a boa ventace e afeizon que por ella mostraes teerdes a nosso serviso. Vos agradecemos muito, e porque por ventura tenees algún rezeo de onzas justizas por razaon dalgunas cousas a que sejacies obligado, nos por esta nossa carta vos aseguramos pello vinda, estada e tornada que nao sejacies preso, retendo, acusado, citado nem demandado por nenhuna cousa ora seja civil, ora criminal, de cualquier cualidade”. Dudará entonces, entre las dilaciones españolas y las dulzuras de un rey que no se anda con vueltas: tras escucharle su idea envió a otro a la mar; luego concedió la capitanía de huña gramde ilha ou ilhas ou terr firme por costas que se presume ser a ilha das Sete Cidades a Fernam Dulmo, caballero y capitán en la isla Tercera quien se asoció, por falta de medios, con Juan Alfonso do Estreito, y todo hecho muy secretamente por el astuto rey que ahora se le ofrecía con mano amiga y le brindaba perdones, dineros… el mismo Juan II que asesinara, sin más ni más y en plena corte, a su cuñado el duque de Viseu clavándole una daga en el corazón por haber oído que el joven príncipe conspiraba contra él. Irá penando tras los reyes, como un mendigo con su capa de marino toda raída y pobre, hacia Córdoba, Sevilla en invierno, Alcalá de Henares, Córdoba en primavera, en el verano del mismo año estará en Santiago de Compostela esperando que algún sirviente larguirucho grite en voz alta su nombre anunciándole el turno de audiencia para no ser oído, de allí otra vez tras la corte nómade a Córdoba, Málaga, Zaragoza, Valencia, Murcia, Medina del campo, Jaén, Sevilla, Granada… Solamente en el convento franciscano de Palos lo tratarán bien, se sentirá confortado por la conversación con buenos curas, sabios astrólogos y marinos tuertos que le hablarán de tierras vislumbradas al oeste de Irlanda. La Reina brava y el Rey suspicaz están inmersos en el problema religioso, los árabes ocupan buena parte del territorio y los judíos trastornan sus sueños. Lo escucharán, recibirán finalmente a ese hombre magnético de ojos azules, vestido con pobres ropas, sin más crédito que la carta de recomendación de un franciscano: en medio de duras ocupaciones bélicas (rebeldías, intrigas, arcas secas) la Reina intuye, quiere creerle, supone, y por eso, nada más que por eso, le encargará a fray Hernando de Talavera que reúna peritos en cosmografía y analice su proyecto. Allí se quedará él, en medio de expertos que por unanimidad declararán ser imposible lo que propone, y él la llamará para sí mismo “junta de ignorantes” y ellos lo verán como un iluso que poco o nada sabe de distancias y cartas y santos. los sabios decían ser el mundo de tan inmensa grandeza que no era creíble que bastasen tres años de navegación para llegar al fin del oriente a través del océano. Y él, autodidacta atropellado por saber, atribuirá el grado catorce leguas y dos tercios de milla, mientras que tanto los marinos portugueses como los españoles sabían muy bien que tiene diecisiete leguas y media. Este dato, que el delirante rotoso desconocía, se sabía desde la antigüedad. Le atribuiría a la tierra cinco mil cien leguas de circunsferencia por la equinoccial; un desbarro.&lt;br /&gt;Estaba desesperado, en la miseria, ofendido. Sabía que la Santísima Trinidad lo había elegido. Desque nasciste –se repetía- siempre él tuvo de ti muy grande cargo. De los atamientos de la mar océana, camino a las Indias d la especiería, que están cerrados con cadenas tan fuertes, te dará las llaves y cobrarás honrada fama. No temas, confía –oyó él, amortecido- que todas estas tribulaciones están escritas en piedra de mármol, y no sin causa; levántate que a tiempo te mostraré el galardón de estos afanes y peligros que pasas sirviendo a otros.&lt;br /&gt;Se levantó, como siempre, venciéndose a sí mismo. En la pobreza de su soledad volvió a mirar el mapa y la carta de Paolo Toscanelli, el físico florentino, y confirmó su fe con su ciencia. Quizás si hubiérales mostrado a los sabios tales documentos, dudó. Pero ya había cometido el error de mostrarse entero ante otro monarca que luego lo traicionó. Deberán creerme. Deberán aceptar mis pedidos.&lt;br /&gt;Anduvo tras los reyes solicitando nuevas audiencias pero estos parecían huirle. Solamente una moza a quien doblaba en edad le daba consuelo y afecto.&lt;br /&gt;La corte se estableció en Granada, el último baluarte de la morería. Dentro de la Alhambra, la fortaleza roja, hay cuarenta mil guerreros acuartelados. El ejército de Fernando e Isabel acampa ante esta ciudad de las mil y una noches –altas casas con torrecillas de alerce o de mármol y cornisas de brillante metal resplandeciendo como estrellas a través del oscuro follaje de los naranjos como un vaso esmaltado adornado con centellantes jacintos y esmeraldas- y esperan su rendición por hambre. Los cristianos ven una noche calurosa de julio cómo se incendian las tiendas, incluso la de la reina, y levantan el real de ladrillo y argamasa, y en menos de tres meses se yergue con el nombre de Santa Fe, con ese nombre porque su deseo o el de la Reyna su mujer era siempre acrecentamiento e favor de la Santa Fé Cathólica de Jesucristo. Tenía forma cuadrangular, con dos anchas avenidas que se cruzaban en el centro formando una cruz, y en cada extremo de ella había cuatro majestuosas puertas. Desde el real se veían los canales, los viñedos, olivares y las justas entre campeones de ambos bandos, observados con temor y deleite por las Infantas y damas de la corte. Como el famoso duelo entre el gigante moro Tarfe, montado en su negro caballo, blandiendo rica cimitarra de damasco, y el joven castellano llamado Garcilaso de la vega quien tras homérica lucha mató con su pequeña daga al pesado musulmán.&lt;br /&gt;Y todo lo veía él, y no lo veía. Sumido como siempre en su sola idea. La Reina le pedía paciencia cuando lo recibía ya zurciendo los botones de la camisa de Fernando, ya rezando arrodillada a San Francisco.&lt;br /&gt;Finalmente Boabdil, el desventurado rey moro, envió al visir Abul Kazim Abdelmalic para negociar la rendición por cerco y hambre. Los reyes católicos fueron benevolentes y el 2 de enero de 1492 Boabdil, acompañado de su escolta se dirigió hacia la aldea de Armilla, desmontó de su caballo y entregando las llaves de la Alhambra besó la mano de Rey Fernando de Aragón. El cortejo de cristianos entró triunfalmente por la puerta de los Molinos. Se elevó la cruz, se vivó a Castilla, Granada y Santiago. El día de Epifanía los monarcas hicieron su entrada solemne en la Alhambra por la puerta de la Justicia sentándose en los tronos de los emires. Donde antes oían cuernos, campanas oyen sonar, el Te Deum laudamus se oye en lugar del Alha-alha. No se ven por altas torres ya las lunas levantar; mas las armas de Castilla y de Aragón ven campear. La multitud admirábase ya del paso gallardo de los nobles, las modernas bombardas montadas en carros tirados por bueyes, máquinas que disparaban fuegos, escopetas con balas de mármol, y los juegos y canciones, y por encima de todo el paso solemne y con gracia singular de Fernando, home bien complisionado, los cabellos prietos e llanos, los ojos rientes, y la Reina, muy blanca e rubia, los ojos entre verdes y azules, el mirar gracioso, e muy inclinada a facer justicia, ella extirpará e quitará la eregía, y sobremanera firme en sus propósitos. Los Reyes pasan entre las gentes habiendo derrotado a la media luna, el yugo y el haz de flechas son ahora el emblema de toda España; Fernando e Isabel en su hora más gloriosa y él entre la multitud ansioso por ser recibido de nuevo y cumplidas las promesas de esa dama: la guerra ha concluido, es hora de naos y viajes por el mar tenebroso.&lt;br /&gt;A solas en Granada, pleno invierno, cobíjase en uno de sus libros de cabecera, Ymago Mundi, del cardenal d´Ailly y mira páginas anotadas por él pero sólo ve el mar, aquel mar de su ventana y su abuelo, aquella sal del Papa Luna Navegante y ardor en la boca sin aire en el golfo de Génova, aquel mar de la nube con forma de mujer que se hizo isla y lo llama desde occidente “terra est rotunda spherica”. Sus pies sienten la arena de todas las costas de todo lo navegable en la época mientras sus ojos zarcos miran sin ver un libro que le quema las manos “finem ispanie et principium indie non multum distat, estúpidos sabios, expertum est quod hoc mare est navigabile in paucis diebus ventus conveniens”; salvo dos frailes que siempre han sido constantes, el astrólogo Fray Antonio de Marchena y Fran Juan Pérez, otros no hay que todos no dixessen que mi empresa era falsa. “Finis terre habitabiles versus orines et finis terre habitabilis versus occidens sunt satis prope et itner médium est parvum mare”.&lt;br /&gt;Tiene ya cerca de cuarenta años, las continuas fatigas y pobrezas han doblegado un tanto su más que mediana estatura y encanecido notablemente su cabello otrora rojizo. Y sueña que está con su carraca en las aguas viles escribiendo a los cristianísimos y muy altos y muy excelentes y muy poderosos príncipes, Rey y Reina de las Españas y de las islas de la mar, y les dirá que ha llegado a las tierras ricas de India ante un príncipe que es llamado Gran Can, y se sentirá Marco Polo escribiendo El Millón y gozando de honores reales y creerá que habrá abierto camino de Occidente a Oriente por donde nunca hubo pasado nadie y que los Reyes le harán grandes mercedes y lo ennoblecerán que dende adelante él se llamase Don y fuese Almirante Mayor de la mar oceana e Visorrey y Gobernador perpetuo de todas las islas y tierra firme que descubriese y ganase y de aquí en adelante se descubrieren y ganaren en la mar oceana, su rayda capa marinera exigirá el derecho al diez por ciento de todas la transacciones que se hicieren en los confines de su almirantazgo.&lt;br /&gt;Miró, ahora viendo, cada uno de los veintiséis mapas que el Cardenal Filliastre y su colaborador galés Claudio Cymbrico prepararan desde 1427. Más allá de este golfo está Groenlandia, que se halla hacia la isla de Thule situada al este suyo. Este mapa por consiguiente comprende toda la región septentrional hasta una tierra desconocida. Tolomeo no la menciona y se cree que no la conoció. En estas tierras septentrionales viven gentes diversas entre las cuales figuran los Unípedos y los Pigmeos; en cuanto a los Grifones se encuentran más al oriente, según se indica en el mapa. Y recordó lo dicho por los sabios que juzgaron sus promesas y ofertas por imposibles y vanas y de toda repulsa dignas porque no era cosa que a la autoridad de sus personas reales convenía ponerse a favorecer negocio tan flacamente fundado y que tan incierto e imposible a toda persona letrada, por indocta que fuese, podía parecer, porque perderían los dineros que en elloa gastase y derogarían su autoridad real sin algún fruto. Faltan pruebas, dijéronle, autoridades, cartas, cálculos. Y él las había tenido pero temió correr con los reyes españoles la misma suerte aviesa que con el portugués. Ahora le darían otra oportunidad. Recurriría a Esdras, a la profecía de Séneca, a Abraham Zacuro tal vez, pero qué habrá de hacer con la carta del florentino Toscanelli (indicaciones precisas, vientos, distancias, islas). La Reina Isabel, aguerrida y blanca, parece confiable, pero ese Fernando astuto es la imagen aragonesa de Juan II.&lt;br /&gt;Podría leerles pasajes del Libro de las maravillas del inglés Juan de Mandávila quien más de un siglo antes recorriera Tierra Santa, Turquía, Armenia, Libia, Siria, Arabia, Etiopía, Tartaria e India. “Caminando hacia el austro más allá de la India Meridional durante setenta jornadas, pasando por muchas y admirables tierras se llega a la isla Lamory. Hombres y mujeres viven allí desnudos e impera el comunismo y el canibalismo. Si yo hubiera hallado naves y alguna compañía para ir más adelante, yo creo que hubiese visto toda la redondeza del mundo al derredor, porque la meytad del firmamento no tiene sino CLXXX grados e yo he visto LXII de una parte e XXXIII de la otra que son LXXXXV grados”.&lt;br /&gt;Si yo hallara naves y alguna compañía para ir más adelante, yo creo que llegaría por la mar oceana tenebrosa a las Indias de la especiería y el oro, perlas, zafiros, rubíes como huevos y sedas de plata, extendiendo la fe cathólica más allá de Europa y los turcos. Si yo hallara quien creyera en mi misión. En Génova dicen no haber dineros, el lusitano es un engañador que pretende la gloria para sí, y estos reyes qué esperan, ¿no tramarán enviar un navío secreto arrebatándome el designio divino?&lt;br /&gt;En todo caso quedan Inglaterra y Francia. Reinos poco confiables si los hay. Pero por qué temer; estos monarcas triunfadores de los moros han prometido asistencia para luego, y luego es ahora.&lt;br /&gt;Finalmente los reyes te recibirán, y seguirás sin mostrar tus cartas de triunfo, y los sabios dirán que no, y Fernando mirará de soslayo, solamente la Reina titubeará confiando en una empresa que extienda el mundo cristiano hasta las tierras del Gran Khan que ha pedido reiteradas veces a los papas que manden enviados suyos para convertirle. Pero te plantarás en tus siete ante la propuesta de Isabel que acepta pero si rebajas tus condiciones. Qué será esto, piensas, ¿la propuesta de un viaje nunca antes hecho hacia tierras que brindan sponte sua riquezas o el regateo por una pieza de paño en mercados de usura? La reina dudará, mirará hacia un lado y otro buscando una señal, ante las caras ya sorprendidas ya indignadas de quienes no pueden creer que semejante iluso pobretón con esa capa raída y miserable exija ser denominado Don, el Almirante de Todos los Mares, Virrey de cuanta tierra se descubra y conquiste para él y sus descendientes además de un diezmo sobre todo lo que se obtenga. No. Si no rebajáis vuestras pretensiones. Y ya lo tiene todo hecho; hasta un duque hubiera aceptado. Mas no. Envuélvese en su raída y pobre capa, saluda altivo y se retira. Quedarán todos pasmados, ¿quién es este hombre un loco, un enviado, un marino que oculta quizás el secreto de un viaje que ya realizó? La sala de palacio queda casi vacía: solamente la Reina y el poderoso magnate Luis de Santángel, escribano de ración del rey Fernando, ¿y qué podemos perder, señora? si este hombre desvaría nada le daremos pero si dijere verdad qué importa que obtenga demasiado. ¿Y el dinero? Santángel entonces ofreció, en nombre de la Santa Hermandad, un millón de maravedís.&lt;br /&gt;Él estaba ya a más de dos leguas de Granada cuando fue alcanzado por un mensajero de la Reina.&lt;br /&gt;Regresó, reiteró sus peticiones, que fueron aceptadas, y agregó una (ya nada podría sorprender): se descalzó y puso sus pies, conocedores d arenas, cubiertas y caminos, sobre los documentos firmados por los reyes. Recorrió cada rincón, cada nervadura, todas las curvas de todas las letras con su dedo gordo de tortuga y su meñique benjamín tímido junto a hermanos mayores en avanzadilla. Hurgó cada título, cada dignidad conseguida. Los entremezcló a las palabras como quien enlaza los cabellos de la amada, recordando a sus primos aprendices, su padre endeudado, la tristeza de subalquilar su casa a un zapatero gruñón, el desnudo dolor de cometer gruesos errores por no haberse permitido una formación ordenada en un claustro digno en lugar de chupar huesos de datos entre maderas y velas y ataques piratas. Aún, sabía, aún faltaba, pero sus pies sobre las capitulaciones reales daban un pequeño paso preanunciador de un salto enorme.&lt;br /&gt;Con sus mismos pies que ya no quiso calzarse, anduvo camino a la ciudad y puerto de Palos. Era verano pero ni el calor ni las moscas lo hacían parpadear. Llevaba a la villa, además de sus nombramientos y cartas para los monarcas de Oriente (diminuto quedarás a mi vera, Marco), la carta para el alcalde mayor de Palos, Diego Rodríguez Prieto: “Bien sabedes como por algunas cosas fechas e cometidas por vosotros en deservicio nuestro fuisteis condenados a que fuéredes obligados a nos servir doce meses con dos carabelas de armada para ciertas partes de la mar océana sobre algunas cosas que cumplen a nuestro servicio os encomendamos el preparar tales naos y ponerlas a disposición del Almirante que porta estas cartas”.&lt;br /&gt;El Almirante Descalzo vence ya todo escollo. Las carabelas surgen y mejoran bajo sus indicaciones; tripulaciones consigue de donde fuera y el mismo día aciago del éxodo judío, embarca.&lt;br /&gt;Los que fueron a partir por el Puerto de Santa María de Cádiz expulsados por los muy católicos monarcas, ansí como vieron la mar, daban muy grandes gritos e voces, hombres y mujeres, grandes y chicos, en sus oraciones demandando a Dios misericordia y pensaban ver algunas maravillas de Dios y que se les había de abrir camino por la mar y desque estuvieron allí muchos días y no vieron sobre sí sino mucho infortunio, algunos no quisieron ser nacidos.&lt;br /&gt;En el vecino puerto de Palos, el Almirante, descalzo, vela toda esa noche tras la misa en la iglesia de San Jorge, observa la ciudad entorchada hasta que con una aurora gris se despliegan las velas, media hora antes del amanecer. Aún resonaban en el aire los ayes de multitudes itinerantes en pena por culpa de una muerte de niño, el crimen de la Guardia, mas no por pravedad judía como dixera Torquemada sino por un miserable acto de magia negra realizado por Tazarte el Brujo. Para enloquecer a los inquisidores ocho endemoniados arrancaron el corazón de un santo niño y obtuvieron una hostia consagrada. El hechizo no destruyó a ningún inquisidor y los confederados, que ya habían sepultado al niño de cuatro años, envolvieron la hostia en pergamino, la ataron con seda purpúrea y la enviaron a Mosé Abenamias, famoso mago. Camino a Zamora la descubrieron en las alforjas de Benito García y en breve un jurado de Salamanca y luego otro de Ávila sentenciaron a ocho conversos, seis se reconciliaron con la Iglesia y fueron estrangulados, Ca Franco y su hijo Yucé permanecieron fieles a su creencia judaica y fueron quemados a fuego lento.&lt;br /&gt;Torquemada tuvo en este episodio la inmejorable excusa para conseguir que el 31 de marzo de 1492 los Soberanos firmaran el edicto de expulsión de todos aquellos judíos de ambos sexos que en un plazo de tres meses no aceptaran ser bautizados. Se permitió a aquellos que optaran por conservar su fe e irse, vender sus propiedades, y así fue que los cristianos ovieron sus faciendas muy muchas e muy ricas casas y heredamientos por pocos dineros, y andaban rogando con ellas, y no había quien se las comprase, e daban una casa por un asno, y una viña por un poco paño o lienzo, porque no podían sacar oro ni plata.&lt;br /&gt;El jueves dos de agosto venció el plazo. Mientras los judíos partían con pena, el Almirante abordaba con sus marinos las naves para ir por mar de Iberia a India.&lt;br /&gt;La madrugada del Viernes, él creía oír aún los cantos y la música de panderetas que los rabinos podían hacer sonar para animar a rezagados y desalentados. Muchos de los otrora poderosos del reino, se dejaban caer ahora hacia el norte de África, mientras él se veía ya tocando las tierras del Gran Rey de los Reyes tras una vida raída y miserable.&lt;br /&gt;Hubieron desde la partida días y días de problemas, rompiese el timón a una de las naves, por accidente o mala voluntad, no encontrábanse bastimentos ni vientos propicios. Finalmente el día nueve de setiembre, a nueve leguas de la Isla de Hierro comenzó el verdadero viaje por el terrible mar, pues dejó de verse ya la tierra. Muchos marinos lloraban. Marinos duros y avezados más aún porque jamás se habían alejado de la visión de la tierra internándose en semejantes aguas del terror. Todos con el corazón a popa y los ojos a popa ardiendo por el esfuerzo. Él, descalzo en cubierta, quería viajar como había leído y estudiado, es decir a los saltos, de arrebato, de vuelo. Hacer retrepar esas naos por encima de olas y aprovechando vientos.&lt;br /&gt;Los ánimos de la tripulación ya no crecían más. Los días iban llevándose el convencimiento. Él les hablaba, los magnetizaba, les prometía y ellos se dejaban arrear. El temor podía medirse por el volumen cada vez mayor de las voces cuando cantaban la Salve a coro. Vieron pájaros hasta la tortícolis, una ballena, ramas, cañas, signos. Vieron las estrellas de espaldas, yerbas muy verdes que seguramente hacía poco que se despegaron de la tierra. Contábanse los días y las leguas con avaricia. Todos quedaron allá, solo el Almirante miraba hacia Catia y el Cipango y de paso las islas que sus secretas cartas le indicara Toscanelli, la de San Brandán, Antilla, la de los Siete Obispos que huyeron del turco. La vida de acá se le metía en su nao: un cangrejo vivo que él conservará hasta el Purgatorio, un pájaro que los marinos tomaron con la mano, era como un garjao, pájaro de río y no de mar, los pies tenía como gaviota. Vieron al principio de una noche de setiembre caer del cielo un maravilloso ramo de fuego en la mar, lejos de ellos cuatro o cinco leguas que todos tomaron con deleite movidos por la alegría divina del Almirante.&lt;br /&gt;Pero las olas pasaban y los tripulantes, pícaros unos, ex criminales, ex ladrones, marinos de avería otros, temían de su camino y murmuraban de la ciencia del Almirante y de su atrevimiento e amotinábasele la gente e los capitanes, porque cada hora crescia el temor en ellos e menguaba la esperanza de ver la tierra que buscaban. De forma que desvergonzadamente en público le dixeron que los avía engañado e los llevaba perdidos; y el Rey y la Reyna avían hecho mal e usado con ellos de mucha crueldad, en fiar de un hombre semejante, e dar crédito a un extranjero que no sabía lo que decía. E llegó la cosa a tant que le certificaron que si no se tornaba le farían volver a mal de su grado o le echarían en la mar, porque les parescía que él estaba desesperado e decían que ellos no lo querían ser, ni creían que pudiese salir con lo que avía comenzado y por tanto a una voz acordaron de no seguirle. Mas como él era sabio e sintió la murmuración que dél se hacía, como prudente comenzó a los confortar con dulces palabras y mirándole a cada uno los ojos hasta lo hondo hízoles noruestear las voluntades de su polo magnético como ocurría con las agujas de marear y para reforzarles a todos sus hombres el sortilegio contóles que había él unas cartas que indicaban en las proximidades islas a do echar en breve los pies. Díxoles que los hermanos Nicoló e Antonio Zeno iban por el Mar del Norte casi a la vista de las costas de Fiandra y una tormenta los arrojó a Frislanda donde fueron recibidos por el príncipe Zichmni, vasallo del rey de Noruega. Hicieron varias expediciones, entre otras a Engrovelant do encuentran colonia escandinava, un convento y una chiesa. Pero el clima es fatal para Nicoló que vuelve a Frislanda do muere. Antonio entonces escribe carta a su hermano Carlo Zeno, que era almirante, contándole la muerte del fratello y hablándole de islas descubiertas, entre ellas Estotiland y Drogeo, más alla de Grolandia y Engronelant. El encantador Almirante los adormece con su historia. Les muestra finalmente la carta de navegar de los Zeno, heha en mil trescientos ochenta, y todos se quedan boquiabiertos y reverentes ante el mapa colorido y salpicado de islas maravillosas en medio del camino al oro del Khan.&lt;br /&gt;Los días huyen irreparables arrastrando las voluntades, pero él trama historias, inventa mentiras, cuenta verdades pero sólo a medias como para tenerlos en vilo sin descubrir exactitudes que pudieren robarle luego. Ya sabe que hará otros viajes al Cipango, al Catay, a la India. Sabe que enfrentará motines, miedos, hambres, envidias, asperezas. Sabe que si ahora triunfa más fácilmente lo logrará en sus próximas expediciones lleno de gloria y renombre a la ida y oro y especias de regreso.&lt;br /&gt;En su castillo de popa sus ojos garzos ya están viendo calles áureas, mármoles y marfiles. Sus pies tiemblan nerviosos con ansias de pisar suelo de Indias.&lt;br /&gt;Muy en sus rincones le asolaban dudas por la noche, pero se disipaban con el amanecer. Había ordenado que al salir el sol y al ponerse se juntasen los navíos, porque estos dos tiempos son más propios para que los humores den lugar a ver más lejos.&lt;br /&gt;Se aproximaba su cumpleaños. Y la tierra se presentía. Tenían la mar como el río de Sevilla. ¡Gracias a Dios! Los aires muy dulces como en abril en Sevilla, que es placer estar a ellos: tan olorosos son. Pareció la hierba muy fresca; muchas avecillas del campo, y tomaron una que iba huyendo al sudueste. El horizonte ardía por la presión constante de aquellos ojos sin párpados. Los marineros, llegado el atardecer, cantaron la Salve Regina. Él les habló con más dulzura, bondad y encanto que nunca. Ya todos estaban ciertos de haber tierra. Les recordó que Dios, de su mano propia, los había llevado a ese lugar, pidió que velasen esa noche y prometió regalos a quien descubriese tierra.&lt;br /&gt;A las diez de la noche, él mismo divisó algo: una leve luz que bailaba en lejanía. Pensó en sus Evangelios, en sus Escrituras, en el rabo de un ángel indicándole el sitio mas no dijo nada. Toda su vida de agua, el Papa de la Luna en la lluvia junto a su abuelo y él ahogándose luego sobre una nube morena de miel piraterías privaciones caminos polvorientos de toda España tras la corte islas extremas siempre a la espera, todo pasó en una ráfaga de viento como un ave blanca que parecía gaviota, y oyó el grito de “tierra”, sonó un disparo, una bombarda, alzáronse rápidas banderas, los marinos barbudos sucios descreídos quisieron abrazarlo desdentados mirándolo como a Dios, a ese dios estirando hacia él las manos a espera de bendición y él creciendo creciendo duplicándose, y ahora triple más alto que las velas que todas las amañaron y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, como dicen los marineros, que es andar barloventeando y no andar nada. Y cantaron Te Deum laudamus: te Dominum confitemur. Te aeternum Patrem omnis terra veneratur…&lt;br /&gt;Él repite la fórmula. Ya puede caminar con solemnidad. Sus pies descalzos adquieren paso de rey, su cuerpo que cargara ropa raída y miserable lleno está de pedrerías. Se yergue. Los marinos le hacen calle en cubierta. En un batel, en el inmenso silencio del mar, la nao a palo seco, la naturaleza detenida, va acompañado por sus capitanes. A metros de las arenas con sólo un gesto se hace comprender de los suyos. Desciende solo. Descalzo, con el agua salada, el agua suya toda suya desde siempre suya reconociéndolo y él reconociéndola. Apenas da un paso para sentir la frescura entre las uñas. El dedo gordo es una tortuga nueva, de otras costas y sus cuatro hermanos, incluido el benjamín, disfrutan el bautismo del mar pequeño, amigo íntimo, sensual.&lt;br /&gt;A sus espaldas, dos capitanes con sus banderas de la Cruz Verde, que llevaba en todos los navíos el Almirante por seña con una F y con una Y, encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra del otro. Y él, descalzo y mudo, con la bandera real. Vio árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras pero ver vio solo gloria y avanzó sobre las arenas, solo y descalzo y mudo e hincase de rodillas y luego dejó irse la cabeza a origen y destino apoyando los labios en la arena hecha nube morena de miel.&lt;br /&gt;O bajó del batel cayendo. Se arrojó. Se desmoronó sobre las aguas. Descendió con parsimonia. Hizo todo y cada cosa. Pero cada vez y en cada forma el cielo se abrió sobre su cabeza para verlo y apoyarle los pies de arriba desnudos sobre su ojo y su otro ojo, sobre cada cabello y cada oreja y cada lengua. El cielo se agujereó sobre su encanecida cobriza cabeza. Alguien asomó un inmenso ojo por entre las nubes para ver aquello. Para observar a ese pequeñito que descendía solo, descalzo, mudo hurgando con diez dedos el agua, echándose de bruces, besando las arenas de la tierra aquietada en torno.&lt;br /&gt;El cielo se abrió sobre su cabeza.&lt;br /&gt;Las nubes desplazan la velación descubriendo la profundidad del celeste con ceremonia y el amor de un desfloramiento nupcial. Arriba la luz se hace más luz. Es tanta la claridad superior que la tierra se ennegrece como las naves de los griegos. Al elevar la vista al agujero del cielo se queda definitivamente ciego para la negritud del mundo. De una punta a la otra el firmamento se enrolla. Caen risas de oro, suspiros de piedras preciosas intangibles y finalmente voces angélicas que poco a poco, como rompiendo el hervor, se tornan musicales hasta provocar comezón en la sangre y deseos de gritar, llorar, emprender el vuelo.&lt;br /&gt;Sobre su cabeza bullente se derramará la pócima del cielo, la sopa de los ángeles hecha sonido, y lo derrumbará.&lt;br /&gt;Cayó casi de cabeza del batel. Cayó o se arrojó de emocionado delirio. Besó el agua salada, se empapó las ropas, se bautizó de felicidad. Gateando como bebé llegó a las arenas y se crucificó riendo y llorando sobre ellas, las amó, copuló –con música que explota su cerebro incapaz de contener la densidad de arriba- engendrando una huella de hombre que habrá de ser ya danza ya pisotón.&lt;br /&gt;Toda su vida de cardador, viajero, soñador, infortunado, se ha concentrado en un punto. Todo su cuerpo, todas sus emociones, sus recuerdos, su razón atribulada, inundados de canto se han reunido en un solo instante de felicidad completa e inhumana. Tal vez su razón no pudiera soportar peso semejante pero estuvo de pie, un grano de ampolleta, en la intersección de los mundos y observó la curva de la tierra y la curva del cielo rozándose en un lugar menor que una gota seca, que una luz ya ida y la sombra de un ave que no estaba; allí, justamente allí, allí imposiblemente se plantó él sin armas, sin defensas, soportando todo el volumen del cielo y sosteniendo la masa arrolladora de la tierra en la visión completa de su acceso a la gloria.&lt;br /&gt;Aunque realizó otros viajes, comandó carracas ruinosas o flotas gigantes, mendigó dineros en las cortes, aunque vio seres de maravilla, aunque anduvo por las playas del Edén, aunque caminó en medio de todos, él jamás regresó de aquel punto de inflexión de los tiempos y los espacios donde quedó fijado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9100787921220061487-3976352142295461413?l=jorgegoyeneche.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/feeds/3976352142295461413/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/2009/07/novela-breve-almirante-de-sal.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9100787921220061487/posts/default/3976352142295461413'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9100787921220061487/posts/default/3976352142295461413'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/2009/07/novela-breve-almirante-de-sal.html' title='Novela breve ALMIRANTE DE SAL'/><author><name>Jorge</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06650587153800926865</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/Sj6fakb-lNI/AAAAAAAAAAY/oaGHzBNHpe0/S220/DSCI0001.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-9100787921220061487.post-7350369935900858929</id><published>2009-06-30T11:57:00.000-07:00</published><updated>2009-06-30T11:59:07.201-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Último Reino'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='2001'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Novela breve'/><title type='text'>Toda la delantera en orsái</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/Skpgb9BIULI/AAAAAAAAABI/q2h6kxkJmOs/s1600-h/Orsai.JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5353197140435292338" style="DISPLAY: block; 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Editorial De los cuatro vientos, 2008&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/9100787921220061487-1278416644769653989?l=jorgegoyeneche.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/feeds/1278416644769653989/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/2009/06/serial-writerargentino-serial.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9100787921220061487/posts/default/1278416644769653989'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/9100787921220061487/posts/default/1278416644769653989'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgegoyeneche.blogspot.com/2009/06/serial-writerargentino-serial.html' title='Serial Writer/Argentino Serial'/><author><name>Jorge</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06650587153800926865</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/Sj6fakb-lNI/AAAAAAAAAAY/oaGHzBNHpe0/S220/DSCI0001.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_UpGJeKQyYTw/SjaesHhCvdI/AAAAAAAAAAM/4ORZOMBMIC4/s72-c/tapa+librofinal.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
